Mientras iban por la calle camino de la librería, Fisco y Jaiko jugaban a que eran astronautas recién llegados a un mundo desconocido y previsiblemente hostil.
—¡Cuidado, a tu derecha! Viene un monstruo rarísimo que lleva en alto una especie de enorme murciélago negro cogido por una pata. Puede ser peligroso...
—Espera, voy a consultar nuestro Informador Universal Portátil. Conectando, conectando... No te preocupes, no muerde. Se llama «paraguas».
—¿El monstruo?
—No, hombre, eso que parece un murciélago.
—Fíjate, en lo alto de ese árbol sin ramas hay un ojo rojo. ¡Caray, ahora guiña el ojo y nos mira con otro amarillo!
—Y esas tortugas gigantes que pasan a toda leche lanzando rugidos. ¡Qué fieras! Hay muchísimas... Deben ser un rebaño en estampida. ¡Cuidado, apártate de su camino!
—¡Atención, el ojo de) árbol es ahora verde! Ese árbol en vez de pájaros tiene ojos de colores...
—Mira, el rebaño de tortugas —¿o serán estegosauros?— se ha parado. ¿A qué esperarán?
—Ni idea, pero podemos aprovechar para intentar esquivarlas corriendo hasta allí enfrente.
—¿Y si están al acecho y nos atacan?
—¡Nada, hay que arriesgarse! Pero deprisa, ¿eh? A la de una, a la de dos... ¡vamos allá!
Y cruzaban de acera a todo correr, muertos de risa. Mejor dicho, vivos de risa, porque cuanto más se reían Fisco y Jaiko más vivos estaban. ¿Qué edad tenían? Pues la verdad es que resulta difícil establecerlo a simple vista: ¡los chicos de ahora crecen tanto! Desde luego no menos de trece años pero en ningún caso mucho más de catorce. Jaiko parecía un poco mayor, pero es porque era más corpulento, todo un atleta: muy moreno, a causa de que alguno de sus abuelos o bisabuelos procedía del Caribe y le habían legado un tono como de miel en la epidermis y un pelo de brillante azabache. En cambio Fisco era más menudo, casi rubio, todo fibra enérgica y grandes ojos curiosos. Siempre se les veía juntos, en el patio del colegio, por la calle, en el cine y lo mismo compartían los bocadillos que los secretos. También sus inquietudes: porque a pesar de su ánimo juguetón y hasta pícaro (era difícil verles en la cara otra expresión que la sonrisa, a menudo satírica) se diría en ocasiones que llevaban a medias la llave de un cuarto oscuro e íntimo en el que se oía el rebullir de cosas extrañas. Amenazadoras.
Se encaminaban ahora a la librería de don Pantaleón, casi como cada tarde al salir de clase. Aunque esta vez no iban sólo de visita: buscaban consejo, si era posible ayuda y en cualquier caso complicidad. La tienda se llamaba «El Pozo y el Péndulo», porque uno de los ídolos de don Pantaleón —que tenía muchos, probablemente uno para cada día del año y todos ellos escritores— era Edgar Allan Poe. «El Pozo y el Péndulo» resultaba ser un antro estupendo, alto y estrecho como una iglesia gótica, forrada de libros hasta el mismísimo techo: los que estaban en los estantes más altos apenas eran visibles, al modo de esos picos de las montañas que desaparecen entre las nubes, y sólo se podía llegar hasta ellos por medio de una escalera de las que emplean los bomberos que corría de un extremo a otro de la pared bamboleándose sobre unos rieles que chirriaban.
En la estantería del muro derecho, según se entraba al local, había una especie de garita o cuartito minúsculo, en el que apenas cabían dos o tres personas en pie (si eran delgadas y apretándose), cerrada por una puerta de cristal esmerilado. Como no parecía servir para nada imaginable y nadie se metía allí nunca (¿qué iba a buscar en ese cuchitril?), tenía muy intrigados a Jaiko y Fisco. Don Pantaleón llamaba a ese extraño rincón «El laberinto de las sirenas», lo cual debía ser otro homenaje a algún escritor para ellos desconocido. De vez en cuando, parecía a punto de contarles algo misterioso que había ocurrido allí... para después pensárselo mejor y cambiar de tema. Cierto día empezó a murmurar, mirando pensativo hacia la puerta de cristal esmerilado: «Aquel gato... ¡vaya con el gato! Pues...» Después silbó entre dientes y se calló. Cinco minutos más tarde se puso a contarles el argumento de una novela de espionaje muy buena que acababa de leer. Del «Laberinto» y del gato, ni una palabra más. De modo que los muchachos tuvieron que contentarse con hacer conjeturas más o menos fantásticas sobre ese rincón aparentemente inútil. ¿O tendría alguna utilidad secreta? Aunque no lo expresaran en voz alta, tanto Fisco como Jaiko compartían desde hacía mucho un anhelo casi inexplicable: encerrarse algún día en ese angosto tugurio y esperar... a ver qué pasaba. ¿Pasaría algo?
En el centro de la tienda había una gran mesa medio desvencijada por el peso de montones de libros y revistas que don Pantaleón llamaba «las novedades», aunque la verdad es que parecían siempre más o menos las mismas. Y detrás de ella se sentaba el orgulloso librero, en una silla con alto respaldo de madera que parecía robada del coro de alguna iglesia. A su izquierda, encaramado a una percha, estaba un loro voluminoso y viejo, de amarillos ojos malévolos, que en cuanto se agitaba demasiado perdía alguna pluma y que no paraba de farfullar refranes y versos poco comprensibles. Don Pantaleón le llamaba Séneca, no hace falta que aclaremos que como homenaje a otro de sus muchos autores favoritos. De vez en cuando le preguntaba algo, momento que Séneca elegía para guardar un digno y casi ofendido silencio, aunque el resto del tiempo no paraba de parlotear. Y solía hacerlo buscando rimas que no le hubieran hecho desmerecer en bastantes juegos florales...
A los dos chicos les apasionaban los libros, porque leyendo multiplicaban su vida y descubrían con la imaginación nuevos sentimientos, aventuras y escalofríos. Para ellos abrir un volumen era como beberse un elixir mágico que les transformaba en seres desconocidos. Era una sensación a menudo inquietante, porque de pronto les parecía como si hubiesen cambiado de alma... También apreciaban por eso mismo «El Pozo y el Péndulo», ya que la librería era a la vez acogedora y sobrecogedora, como un hogar que encerrase dentro selvas inexploradas y mares tenebrosos. Pero sobre todo les gustaba el mismísimo don Pantaleón, con su gran barriga, sus enormes patillas canosas cuya abundancia pilosa compensaba la calva del buen señor y sus gafitas que sólo tenían medio cristal en la parte inferior: no paraban de resbalarse nariz abajo y su dueño se las ajustaba a cada momento para no perderlas, mientras lanzaba por encima de ellas miradas maliciosas que siempre sugerían algo más de lo que sus palabras revelaban...
A don Pantaleón le encantaba hablarles de cualquier cosa: sobre todo de libros, desde luego, pero también de viajes (que quizá había hecho cuando era joven o quizá sólo había leído), de animales que vivieron hace millones de años aunque probablemente todavía se escondían en las profundidades del mar, de batallas terribles y de cosas enigmáticas como el tiempo, la justicia y la muerte. También de amores, a menudo desgraciados pero siempre envidiables, cuyo relato algo confuso solía acabar suspirando: «Pero ¡qué vais vosotros a entender de eso!» A los muchachos les fastidiaba un poco que en esas ocasiones les tratara como a críos, después de considerarles a todos los efectos personas adultas un momento antes. Además estaban convencidos de que en ciertos aspectos, aunque hubieran vivido mucho menos, tenían experiencias y sabían de aventuras que el enclaustrado librero ni siquiera sospechaba... Por lo demás, don Pantaleón estaba especialmente ufano de su sonoro nombre;
—¡Pantaleón! Fiu, fiuuuu... —y lanzaba un silbido entre dientes con el que solía expresarlo casi todo, admiración, respeto, sorpresa e incluso alarma—. Un nombre imponente, ¿eh? Llevo al rey de la selva como blasón, Fijaros: cuando estamos al aire libre, todos los sonidos que oímos vienen de uno u otro sitio. Todos, menos tres, que cuando retumban parecen (legar de todas partes a la vez y nos rodean con su majestad: el estruendo de los cañones, el tañido de las campanas y el rugido del león. ¿No es impresionante? En griego, «panta» significa «todo», de modo que el león de mi nombre es el león total, el león absoluto. ¿O será quizá un león que nos espanta? Fiu, fiuuuu...
De este entusiasmo onomástico solía burlarse entre dientes don Hilarión, su hermano menor, encargado de llevar las cuentas de la librería. Era muy delgado, estrecho más bien, y andaba siempre un poco de costado como los cangrejos. Su principal tema de conversación era quejarse de las pocas ganancias y augurar la ruina que les esperaba a corto plazo por culpa de los pájaros que, según él, tenía Pantaleón en la cabeza. «¡Pajaritos! —gruñía—. Este hombre a su edad todavía tiene la cabeza llena de pajaritos y así nos va. Acabaremos pidiendo limosna, ya lo veréis». Entonces Fisco y Jaiko miraban al loro Séneca, como si fuese el único inquilino alado de la cabeza de don Pantaleón que había decidido vigilarle desde fuera.
Casi siempre los dos muchachos llegaban a «El Pozo y el Péndulo» como una ventolera imprevisible, enredadores y curiosos. Y don Pantaleón les recibía con solemne cordialidad, como huéspedes de honor en su paraíso... aunque, como señalaba con amargura su hermano el contable, solían hacer poco gasto en la tienda. Pero esa tarde estaban menos dicharacheros y algo más mohínos que de costumbre, lo cual no podía pasar inadvertido.
—Fiuuu... me parece que alguien por aquí tiene preocupaciones y no me las cuenta —observó don Pantaleón casi en cuanto llegaron.
Los dos chicos se miraron de reojo, se encogieron de hombros y Jaiko carraspeó un poco. Después dejó caer, como si no le diese importancia, este pequeño relato:
—Cuando veníamos hacia aquí nos hemos cruzado con un grupo de gente. Diez o doce personas, casi todas mayores... Llevaban bufandas de su equipo, gorras con sus colores, haciendo sonar bocinas y silbatos, esas cosas. Iban muy animados, metiendo bulla. Al Estadio, claro. Parecían niños pequeños... niños podridos. Nos han dicho que si queríamos ir con ellos...
—Vaya, qué simpáticos, ¿no? —comentó algo reticente don Pantaleón.
—Muchísimo —resopló Jaiko—. Les dijimos que se fuesen a tomar viento.
—Hombre, tampoco es para ponerse así... —le reconvino el librero, que evidentemente estaba a la espera de más detalles—. La buena gente tiene derecho a divertirse.
Luego Fisco se decidió a hablar:
—Bueno, la verdad es que... Ya sabe. Mis padres y el tío de éste siguen sin salir del Estadio. Llevan ya más de una semana allí.
—Lo peor de todo —añadió Jaiko, con tono irritado— no es que no salgan, sino que por lo visto ni se acuerdan de salir. O al menos no se acuerdan de la familia que han dejado fuera...
Don Pantaleón suspiró un silbido y se limpió las gafas en la manga de su guardapolvo. Por fin iban llegando al centro del asunto que preocupaba a los muchachos. Y don Pantaleón empezaba a comprender que no les faltaban buenas razones para estar inquietos.
—Pero ¿habéis hablado con ellos? ¿Están bien? Alguna explicación os habrán dado...
—Yo hablé con mi madre hace dos días por teléfono —concretó Fisco—. Conseguí localizarla después de mucho insistir, porque tienen el móvil apagado casi todo el tiempo. Me dijo que lo estaban pasando guay del Paraguay y que no comiera hamburguesas a todas horas. Que me portase bien y que no la distrajera, porque el partido estaba muy interesante. ¡El partido! Pero si llevan allí más de una semana... Y además ella siempre ha detestado el fútbol.
En efecto, el asunto resultaba ya bastante raro. Y no sólo por lo que tocaba a los familiares de Fisco y Jaiko. Desde que la nueva Dirección se hizo cargo del Estadio y anunció el Partido del Siglo, muchas personas de la ciudad se habían instalado en la cancha deportiva y no daban señales de querer volver a casa. Por supuesto, la Dirección lo consideraba un éxito, que proclamaba por televisión y radio, a partir de lo cual cada vez más curiosos se apresuraban a buscar sitio en ese gran espectáculo. Y allí se quedaban. Un día tras otro: por lo visto el Partido del Siglo iba a durar precisamente eso, un siglo...
A don Pantaleón le habían llegado algunas noticias y rumores sobre esta situación, aunque no había terminado de concederles toda la atención que merecían. Nunca había sentido demasiada simpatía por el campo de fútbol, que consideraba casi un adversario personal suyo, de sus gustos y de su librería. Pero ahora las cosas habían cambiado de tono. Antes el Estadio le disgustaba, aunque lo asumía como un reto y aceptaba que cada cual tiene derecho a sus manías. Ahora, sobre todo viendo la angustia de sus jóvenes amigos, comenzaba a asustarle. Presentía que allí ocurría algo más que goles y penaltis. Algo peor y más retorcido. Algo que, antes o después, habría que afrontar. Con fuerza, con valor... pero él se sentía viejo, cansado. De su pasado le llegaban cadenas de susto que amarraban hasta la impotencia su presente. Debían ser aquellos jóvenes... Pero ¿no eran precisamente demasiado jóvenes? Y ¿qué derecho tenía él para empujarles a aventuras de las que no se sentía personalmente capaz? Después de pensar un rato, el librero tomó una decisión y aconsejó con tono grave:
—Pues si ellos no salen, me parece que no vais a tener más remedio que ir a buscarles.
Los muchachos volvieron a mirarse, inquietos. Aunque habían ido a la librería esperando respuesta a la pregunta que precede a todas las hazañas y todos los desastres: ¿qué hacer?, no les entusiasmaba demasiado el plan que se les proponía... y que en el fondo sabían desde antes que era el único posible. Mientras le daban vueltas al asunto, intentaron hacerse los despistados:
—Ir a buscarles... ¿dentro del Estadio?
—Pues claro, ¿dónde si no?
Don Hilarión intervino rezongando.
—Los niños no tienen por qué convertirse en guardianes de las personas mayores. Es un fastidio y una falta de respeto. Por su edad e inexperiencia no entienden sus responsabilidades ni tampoco sus diversiones...
Pero su hermano discrepaba de esta opinión.
—-Al contrario, Hilarión, déjate de tópicos. A mí me parece que todas las relaciones humanas tienen siempre algo de recíproco. Los adultos cuidan de los más pequeños, pero también los pequeños protegen a sus protectores a su manera: además, nadie es adulto del todo... Y siempre se necesita una mano ajena para salvarse, aunque sea una mano más pequeña o más inexperta. Lo que pasa es que los mayores nunca pedimos ayuda a los niños por pura vanidad o por miedo a que sean capaces de sustituirnos demasiado pronto. Y por eso nos pasa lo que nos pasa.
Don Hilarión resopló:
—¡Pajaritos, pajaritos en el coco!
Mientras, Fisco y Jaiko seguían rumiando los pros y contras del dichoso asunto. Sin duda estaban preocupados por sus familiares, pero quizá tanto agobio fuese a fin de cuentas injustificado: si ellos decían que se lo estaban pasando muy bien, ¿por qué no creerles y se acabó? Lo contrario sería imitar a aquel boy scout que para hacer su buena obra diaria se empeñaba en cruzar la calle al ciego que no quería cambiar de acera... Además, no tenían ganas de aguantar ningún interminable Partido del Siglo por culpa de la parentela.
Aunque en el fondo había otra cosa que les alarmaba quizá mucho más: «Entraremos fácilmente pero ¿podremos irnos? ¿Por qué no quieren salir los demás que han entrado antes?» Si lo que ocurría en aquella cancha les resultaba un insoportable fastidio, malo; pero... ¿y si les gustaba y ya ni siquiera intentaban volver a marcharse? Peor, peor todavía. Como si les adivinara el pensamiento, Séneca recitó con su voz cascada y algo perversa:
—¿Vas voluntario a la trampa?
No te quejes si no escampa...
Ellos seguían preguntándose dentro de sus cabezas, con los labios apretados: «¿y si no salimos?, ¿y si no queremos salir?». No decían nada en voz alta, pero cada uno sabía lo que pensaba el otro. A pesar de todo, también sabían lo que iban a hacer. Se despidieron al poco rato del viejo librero y salieron a la calle.
—Entonces... ¿vamos? —preguntó Fisco.
—Pues... ¡qué remedio! —contestó Jaiko, poniendo una exagerada cara de espanto, tipo zombi, que hizo reír a su amigo.
Cuando se fueron de la tienda, don Pantaleón se sintió culpable por verles encaminarse hacia donde él no iría por nada del mundo. Y, sin embargo, era necesario que alguien... que alguien se atreviera. Siempre es preciso que alguien se atreva o todos estamos perdidos.
Era gris y enorme: parecía una palangana gigante, cubierta por una cazuela invertida no menos grande. Estaba adornado con muchas banderitas de países reales e imaginarios (es decir, aún más imaginarios que los corrientes) y rodeado de anuncios de los cachivaches más dispares: automóviles que volaban por el cañón del Colorado pilotados por rubias impresionantes, televisores del tamaño de la fachada de un ministerio, frigoríficos llenos de alegres pingüinos, teléfonos móviles con más botones que la cabina de un cazabombardero, salsas de colores chillones derramadas sobre montañas de patatas fritas, detergentes capaces de volver fosforescente la ropa más guarra, y motocicletas y pelucas y más automóviles y más rubias que exhibían envidiables piernas desnudas... Por esa avenida de anuncios, acompañados de musiquillas pegadizas, se llegaba hasta la gran puerta principal del estadio. Y por allí marcharon Fisco y Jaiko, algo recelosos y bastante cohibidos.
El arco de la entrada se presentaba grandioso, presidido por una leyenda en letras refulgentes: «Estadio Municipal Gloria Bendita. ¡El Partido del Siglo! ¡Bienvenidos!»
Pero resultaba luego que la puerta propiamente dicha era más bien pequeña, un torniquete por el que sólo se podía pasar de uno en uno. Y cosa curiosa: no había otro torniquete semejante para salir. Allí dos empleados de la empresa recibieron a los chicos con zalemas acogedoras. Ambos respondían perfectamente a lo que parecía ser el modelo único patentado por la nueva Dirección: juveniles, repeinados con gomina, de blanca y generosa sonrisa, vestidos con un traje azul eléctrico y corbata roja.
—¡Hola, hola, hola! ¿Qué tal, boys? Venís a disfrutar, ¿eh?
—Bueno... no exactamente —respondió Fisco, con cara bastante seria— venimos a buscar a nuestros familiares. Hace tiempo que no les vemos por casa.
Los dos porteros se echaron a reír cordialmente. ¡Naturalmente que no iban por casa! Porque se lo estaban pasando de maravilla en el Estadio. El gran partido atravesaba precisamente por su momento más interesante. «Escuchad, escuchad los gritos de la gente. ¡Cómo disfrutan! Seguro que en cuanto llevéis un rato ahí dentro a vosotros tampoco se os ocurre marcharos. ¿O es que acaso no os gusta el fútbol?»
—A mí me gusta el fútbol —respondió Jaiko, que era un buen jugador en el equipo del colegio— pero prefiero que los partidos empiecen y acaben en una tarde. Creo que me aburriría bastante en un partido de semanas o meses.
Los dos porteros adoptaron un tono paternal. Hablaban alternando una frase uno y la siguiente el otro.
—Eso no es lógico. Piénsalo bien: si algo te gusta, cuanto más tengas mejor. Si estás contento en un sitio ¿para qué vas a cambiar e irte a otro? No hay cosa mejor que un buen partido de fútbol, ¿verdad? Pues aquí tenéis el más guay de todos los partidos, que sigue y sigue, para que nunca dejéis ya de divertiros. ¡Lo importante es divertirse sin parar!
Fisco movió la cabeza negativamente y murmuró que a él divertirse sin parar no le parecía verdaderamente divertido. En cualquier caso, lo más urgente ahora era reunirse con sus padres. ¿Cómo podrían localizarles dentro del inmenso campo de fútbol?
—Nada más fácil —aclaró muy obsequioso uno de los porteros, mientras el otro asentía como si tuviese un muelle en la cabeza—. Tenemos a todo el mundo localizado en este ordenador. Basta con que nos digáis los nombres de vuestros parientes y os señalaremos dónde se sientan. Así podréis disfrutar con ellos el partido.
—¡La familia que ve el fútbol unida permanece unida! —exclamó el otro portero con unción.
Los muchachos facilitaron los nombres requeridos y se enteraron de que los padres de Fisco estaban en la fila veinticinco del ala oeste del Estadio, en las plazas 201 y 202, mientras que el tío de Jaiko estaba en el ala norte, fila treinta y dos, asiento 14. Asunto resuelto, pues.
—¿Cuánto cuesta la entrada? —preguntó Jaiko algo inquieto, porque últimamente las finanzas de los dos chavales estaban bastante maltrechas, sobre todo las suyas. Fisco siempre se las arreglaba para tener algo de pasta pero ahora, con sus padres fuera tanto tiempo... Además, Jaiko era orgulloso y detestaba gorronear a su amigo. ¡Vaya, faltaría más!
Al oírle, los dos porteros simétricos parecieron escandalizados. ¡Por supuesto la entrada era completamente libre para los menores de quince años que tenían familiares en el Estadio! ¡Gratis total! ¡Y con ella tenían derecho además a tomar un refresco y un perrito caliente! Porque ellos tenían menos de quince años, ¿verdad? Pues nada, de lo único que debían preocuparse era de divertirse mucho... ¡para eso habían venido! Aquí estaban los vales que podrían canjear por su consumición. «¡Olvidaros de esas preocupaciones! ¡Ni que tuvierais ochenta años! ¡Ja, ja!»
Uno detrás de otro, cruzaron el torniquete mientras los porteros les despedían más sonrientes que nunca. Entonces Fisco se volvió y preguntó tartamudeando un poquito:
—Este... y digo yo... ¿luego volvemos a salir por esta misma puerta?
Los porteros cruzaron entre sí una rápida mirada y Fisco juraría que les vio guiñarse el ojo.
—¿Quién piensa ahora en salir, si acabáis de llegar? ¡Venga, a divertirse!
—Ya —insistió Jaiko— pero cuando vayamos a salir...
«Cuando llegue ese momento... si es que llega... entonces no tenéis más que preguntar y saldréis... por la salida, ¡eso es!» Y los dos porteros lanzaron una carcajada al unísono, mientras repetían: «Claro, por la salida... por dónde va a ser... ¡muy bueno lo tuyo, oye!» Se reían muy fuerte con la boca de dientes blanquísimos, con el pelo engominado y hasta con la corbata roja de nudo impecable. Pero Fisco advirtió que sus ojos no se reían y que permanecían fijos y muertos, como los de esos peces que habitan en las fosas marinas a donde nunca llega la luz del sol.
Los dos chicos avanzaron por una especie de túnel hasta desembocar en el graderío. Al salir quedaron deslumhrados porque focos potentísimos iluminaban el Estadio, cubierto por una bóveda muy alta y sombría. Por allá arriba creyeron ver cruzar sombras veloces, como de murciélagos... pero que quizá fuesen demasiado grandes para ser murciélagos. Había mucha gente en las gradas, aunque el recinto era tan inmenso que abundaban las plazas vacantes. De vez en cuando la multitud soltaba un berrido, el cual —cosa chocante— nunca era unánime: unas veces parecía partir de un sitio y otras de otro, como si estuviesen viendo jugadas diferentes. De aquí para allá deambulaban presurosamente vendedores que ofrecían bebidas y bocadillos grasientos, junto a helados, dulces y cosas mucho más insólitas: máquinas de afeitar, lencería femenina, bigotes y narices postizas, muñecas hinchables y hasta pequeñas tortugas en sus acuarios, dotados de una islita y una palmera de plástico. En el gran Estadio reinaba un calor anormal, como de invernadero, y casi todo el mundo sudaba o se abanicaba con los folletos propagandísticos que repartían los numerosos empleados de la empresa, todos ellos vestidos como los porteros de la entrada.
Fisco cogió del brazo a su amigo, que miraba embobado a un lado y a otro; «Ahora debemos separarnos. Yo iré hacia el ala oeste y tú debes marcharte hacia el ala norte. Más vale que vayamos deprisa. Podemos comunicarnos con los móviles...»
En ese momento, un empleado se inclinó sobre el hombro de Fisco, advirtiendo:
—El uso de teléfonos móviles en el Estadio acaba de ser prohibido por la Dirección. Se ha programado una interferencia para impedir que esos aparatos molesten a las personas que quieren concentrarse en el partido.
—Pero entonces...
—No hay «peros» —zanjó el tipo de traje azul. Y les dedicó la mejor de sus sonrisas...
Fisco y Jaiko acercaron sus cabezas y cuchichearon, como si estuvieran planeando una jugada de rugby.
—¿No será mejor que vayamos juntos? —murmuró Jaiko, cada vez más nervioso.
—No creo, eso sería un lío y tardaríamos demasiado —Fisco procuraba pensar a toda velocidad—. Nos reuniremos aquí otra vez dentro de una hora, pase lo que pase. ¡Que tengas suerte!
Chocaron en alto sus manos como despedida y cada cual partió por su lado.
No era cosa fácil orientarse por el inmenso y populoso graderío, porque los focos cegaban en lugar de alumbrar como es debido y multiplicaban extrañamente las sombras. A cada trecho, Fisco se detenía para asegurarse de que estaba en el buen camino. Se abría paso entre la gente, pidiendo perdón cuando tropezaba o pisaba a alguien. Había personas de pie, otras estaban sentadas y las que tenían huecos libres cerca hasta se tumbaban a descabezar un sueñecito. Muchos refunfuñaban al paso del muchacho: «¡Niño, coño, estate quieto de una vez! ¿Se puede saber a dónde vas?» Una pareja gordísima, ella y él con medio bocadillo en una mano y una cerveza en la otra, le rugieron no sé qué maldiciones incomprensibles con la boca llena, poniéndole perdido de migas babosas. Un señor mayor le atrapó del brazo al pasar y le preguntó con voz angustiada: «¿A cuánto van? ¿Quién gana?» Fisco se volvió hacia él para decirle que no tenía ni idea y tuvo un sobresalto: el anciano era ciego.
Por fin Fisco divisó a sus padres, unas cuantas filas por encima de él. Les llamó e hizo gestos de saludo mientras subía, pero no le oyeron o no le hicieron caso. Su padre estaba en pie, con las manos en los bolsillos y parecía tatarear entre dientes, mirando hacia el marcador; su madre estaba sentada, como empequeñecida, con las manos flojas sobre las rodillas y los ojos clavados en la punta de sus zapatos. Cuando llegó junto a ellos, los dos le saludaron con afecto distraído y cierta sorpresa («¡Hombre, tú por aquí! Por fin te has decidido a venir...»). La madre le hizo varias preguntas de tipo doméstico, acerca de si comía lo conveniente o apagaba bien el gas al salir de casa y luego... Luego la conversación se acabó. Como el silencio entre ellos se prolongaba, Fisco miró por primera vez hacia el campo de fútbol en donde se celebraba el Partido del Siglo.
Al principio creyó que no veía bien y hasta se frotó los ojos con la mano, como si llevase mucho tiempo mirando la televisión y empezase a tener la vista cansada. Bajo el crudo resplandor de los focos, el césped de la cancha parecía más marrón que verde, con ramalazos rojizos como si hubiese aquí y allá charcos de sangre recién derramada. Por él corrían velocísimamente muchas figuras, tan rápidas que apenas se las podía distinguir. Pero dos cosas alarmantes estaban al menos claras y Fisco notó que se le cortaba la respiración: en primer lugar, en vez de haber veintidós jugadores como está mandado, los que se desplazaban por el campo eran más, muchos más, probablemente cientos de ellos, cada uno haciendo rodar su propio balón oscuro; y en segundo lugar no corrían como es debido, oh no, por favor, sino que iban a cuatro patas. Agilísimos, muy veloces, a saltos... como guepardos. De vez en cuando alguno se paraba y se erguía, adoptando una posición más o menos humana.
Y eso era lo peor de todo, porque distaban mucho de ser humanos. Parecían más bien algún tipo de cinocéfalos, como babuinos infernales con enormes y flameantes ojos y bocas lobunas. Quietos, miraban fijamente hacia el público. Entonces alguien se levantaba en la grada y gritaba «¡goool!». De inmediato, cómo decirlo, Fisco no tenía palabras para explicarlo, el espectador parecía aspirado hacia el campo y se precipitaba en la boca del jugador... o lo que fuese. Desaparecía devorado en cuestión de segundos, todo él... No, todo no, ojalá fuese todo. Quedaba la cabeza, que caía sobre el césped botando y se convertía acto seguido en otro balón que rodaba empujado por las patas de la fiera...
Una mujer con gafas que estaba haciendo punto junto al padre de Fisco se levantó de repente, dejó caer su labor y chilló con desesperado entusiasmo: «¡Gol! ¡Goool!» Luego pareció que un remolino se la llevaba y voló derechita hacia las fauces abiertas que la esperaban abajo. Fisco sacudió a su padre por la manga mientras le preguntaba con voz ronca: «¿Has visto eso? ¿Lo has visto?» El padre se encogió de hombros y repuso con un tono desapasionado, como si hablase de la lluvia o el buen tiempo: «Claro que lo he visto. Pero no creo que haya sido gol. A mí me ha parecido fuera de juego.» Espantado, el chico se inclinó sobre su madre y la zarandeó con toda la fuerza de su angustia: «¡Mamá, por favor, vámonos! ¡Tenemos que salir de aquí!» Ella se lo quitó de encima un poco irritada: «Hijo, por favor, que vas a despeinarme. Pero cómo vamos a irnos ahora, cuando el partido está más interesante...»
Durante unos pocos minutos que duraron para él como suelen estirarse los de las pesadillas, Fisco rogó, suplicó e intentó que sus padres le siguieran. Abandonarles allí, atontados, sin advertir el peligro que corrían, le resultaba como dejar a un ciego cruzar la calle sin advertirle de que el semáforo está en rojo y viene un camión a toda velocidad. Por un momento se sintió responsable de ellos, como si fuese el padre de sus propios padres... Pero no había manera de que le hiciesen caso: al contrario, cada vez les notaba más irritados contra él. Cuando se convenció de que estaba perdiendo el tiempo, saltó de la grada y echó a correr hacia la puerta por la que había entrado. Oyó que le llamaban con enfado pero no hizo caso. Siguió corriendo. Ya no le importaba dar empellones a quien fuera con tal de abrirse paso cuanto antes. Tan atontado por el horror iba que atropello a un niño pequeño, de seis o siete años y ambos se cayeron de mala manera.
—¡Jo, tío, que me matas! —-dijo el crío, a punto de echarse a llorar. Cuando Fisco le levantó, disculpándose entre dientes, se encontró con la mirada furiosa de una niña de su misma edad.
—¡A ver si haces el favor de mirar por dónde vas! Has hecho daño a mi hermano.
—Perdona —balbuceó Fisco— pero es que yo... quiero irme ahora mismo de aquí.
La chica le sonrió con algo de tristeza: tenía una sonrisa muy simpática, que mostraba un aparato dental dorado en la boca.
—¡Toma, claro, y yo también quiero irme! Pero nuestros padres están empeñados en quedarse en este... en este jodido infierno. ¿Te lo puedes creer?
Fisco la cogió de la mano y ofreció la otra al pequeño, que se agarró enseguida a ella con fuerza.
—Venga, vámonos. Veniros conmigo.
—Pero nuestros padres... En cualquier momento pueden... ¿sabes a lo que me refiero? Esto está muy chungo, de veras.
—Es inútil, los míos están igual que los tuyos, no hay quien les convenza. Aquí ya no podemos hacer nada, ¿no te das cuenta?
La chica aún dudó un momento. Era evidente que no se fiaba del todo de Fisco, le parecía más bien atolondrado. Por fin lanzó una última mirada hacia atrás, por encima del hombro y después los tres se apresuraron todo lo que pudieron hacia donde Fisco creía recordar que estaba el túnel de salida. A empujones y tropezando anduvieron un rato que se les hizo eterno, hasta que finalmente el muchacho se detuvo, desconcertado. Ya deberían haber llegado al punto por donde entraron en el graderío. Tenía que ser en este pasillo, allá al fondo... pero al fondo sólo se veía el comienzo de nuevos peldaños rebosantes de público. Y tampoco se divisaba por ningún lado a Jaiko. Fisco lanzaba ojeadas a uno y otro lado, con una sensación de ahogo cada vez mayor. Su mirada errante recayó de pronto en el terreno de juego. Allá estaba una de esas criaturas antropoides, erguida y ávida, clavando sus ojos directamente en él mientras una larga lengua roja pendía entre sus colmillos, palpitante. Y a Fisco le pareció de repente que su ahogo desaparecía y que el campo se iluminaba con verde júbilo. Un auténtico jugador, un futbolista de primera (¿era Raúl o Ronaldo?) avanzaba con el balón pegado a la bota hacia la portería, se detenía un momento ante el guardameta ya prácticamente batido y chutaba con potencia irremisible. ¡Era gol, un gol estupendo! Le subió de la garganta el grito de triunfo, sus labios se abrieron y...
Y entonces sintió que algo se le venía encima empujándole sin miramientos, perdió el equilibrio y cayó golpeándose en la rodilla. El dolor le hizo volver a la realidad. La niña estaba sobre él, empezando a levantarse después de haberle dado el tremendo empellón que les hizo caer a los dos. Su hermano pequeño les miraba a ambos con aire preocupado.
—Has estado a punto, ¿eh? ¡Si serás tonto! No hay que mirarles. Nunca debes mirarles.
—Gracias, no sé qué me ha pasado... Estaba buscando... Pero es que no encuentro la salida. Creo que me he perdido.
Fisco se incorporó, sudoroso, mientras se frotaba la rodilla lastimada. A su lado apareció entonces uno de los empleados uniformados sin uniforme. Pero no estaba sonriente, sino ceñudo y receloso.
—¿Qué pasa? ¿Qué hacéis? ¿Se puede saber a dónde vais?
La niña y Fisco empezaron a tartamudear al unísono un galimatías sobre que buscaban un refresco porque tenían mucha sed. El niño se unió al coro, gimoteando: «¡Tengo sed, tengo sed! ¡Quiero naranjada! ¡Quiero chuches!» En ese momento una voz cascada intervino para ofrecer con canturreo meloso: «¡Refrescos! ¡Chicle! ¡Bombón helado!» Era una vieja de malas trazas, encorvada por los años y medio jorobada, con una bandeja colgada al cuello llena de latas y dulces. El empleado la maldijo entre dientes con asco, vaciló y luego siguió su ronda. El acosado trío, en cambio, la rodeó con fingido entusiasmo: «A ver... a mí primero... ¿qué tiene?» Cuando Fisco comprobó que el guardián estaba lejos, murmuró:
—Perdone pero... me parece que ya no tengo sed. En realidad no queremos nada, disculpe.
—¿Con que no queréis nada, eh? —la voz de la vieja era ahora más grave y severa—. ¿Ni siquiera queréis... salir de aquí?
Los tres jóvenes se quedaron mudos mirándola, como embobados. Ella les urgió, bajando el tono:
—Venga, no me miréis a la cara, seguid haciendo como si buscaseis algo en mi mercancía. Daos prisa, no tenemos mucho tiempo, son muy desconfiados. Por última vez, ¿queréis salir o no?
A pesar de aclararse la garganta seca, la respuesta sonó tan ronca como unánime: «¡Más que nada en el mundo!»
Enseguida añadieron: «Pero nuestros padres, nuestras familias...»
—Son cosas diferentes —se impacientó la vieja—. Con suerte, puedo ayudaros a escapar, si es que de verdad deseáis marcharos. Pero los demás están mucho más atrapados que vosotros, están atrapados voluntariamente. El asunto es mucho más difícil.
La niña protestó:
—-¿Cómo puede alguien querer voluntariamente... eso? Y con un gesto de la cabeza señaló hacia el campo tenebroso, allá abajo.
—Eso, como tú lo llamas, son los psicófagos. Se alimentan de las almas de los que no saben cuidar de sí mismos, de quienes se venden al primero que les permite seguir chapoteando en su pereza. Es largo de explicar y ahora no hay tiempo. Escuchadme bien: existe un modo de abrir las puertas del Estadio para todos... al menos para todos quienes quieran salir. Junto a la garita de los porteros, en la entrada principal, hay un dispositivo automático con una pequeña ventanilla y dos botones, uno rojo y otro verde. Se activa con ocho letras, dispuestas en el orden debido en esta cajita que debe introducirse por esa ventanilla. Después hay que apretar el botón verde. ¡El verde, no lo olvidéis! Si queréis dar una oportunidad de escapar a vuestros familiares, tenéis que buscar esas letras y activar el mecanismo.
La anciana cogió de entre los chicles y dulces una pequeña caja metálica, muy fina y de color mate. Se la puso en la mano a Fisco como si le estuviese vendiendo alguna chuchería. El chico se la metió apresuradamente en el bolsillo, mientras la acosaba a preguntas.
—Pero... ¿cuáles son esas letras? ¿Dónde están? ¿En qué orden hay que ponerlas?
La niña se preocupaba de asuntos más inmediatos: «Y ¿cómo salimos nosotros ahora de aquí?»
—Tomad estas latas de refresco. Son sprays. Si rociáis a alguien con uno de ellos, se queda diez minutos fuera de combate. ¡Sólo diez minutos, nada más! Tenéis que intentar llegar hasta la puerta y saltar por encima del torniquete. En lo de las letras, ya no puedo ayudaros. Tenéis que encontrarlas y ordenarlas vosotros. No puedo hacer más.
—¿Y la puerta? —dijo el pequeñajo—. Yo no veo ninguna puerta.
La vieja se irguió en toda su estatura. Era mucho más alta de lo que parecía. Señaló con el dedo hacia la pared del fondo: «¡A la puerta se va... por allí!» En efecto, allí estaba la boca del túnel por el que Fisco y Jaiko habían llegado. ¿Cómo no la habían visto antes?
—¿Quién eres? —dijo Fisco, con la lata de spray apretada en la mano. Y el hermanito de la niña añadió, con voz temblona—: ¿Eres... bruja'?
La vieja pareció enfadarse un poco, aunque seguía mirándoles con ojos bondadosos, preocupados.
—-¡Dejaos de tonterías! Soy una persona, como vosotros. Una persona que cuida de sí misma y que por eso procura ayudar a quienes lo merecen. ¡No perdáis más tiempo! Cada minuto cuenta...
Empezaron a moverse hacia la puerta, pero Fisco se rezagó un poco. No estaba dispuesto a irse sin Jaiko. De pronto oyó que le llamaban a gritos: Jaiko venía hacia ellos a toda velocidad, saltando de grada en grada y regateando a los indignados espectadores como si tuviera un balón invisible pegado a la punta de la bota. Llevaba un guardián pisándole los talones y otro —el que antes se había acercado vigilante a los tres chicos... o quizá su hermano gemelo— se disponía a cerrarle el paso. Jaiko bajó la cabeza y cargó contra él como un bólido, enviándole rodando gradas abajo. El perseguidor le echó mano al cuello pero en ese momento recibió un buen chorro del spray de Fisco. Olía a una mezcla de fresas y goma arábiga; el empleado se detuvo de golpe como si hubiera tropezado con una pared y cayó poco a poco sobre las rodillas: cualquiera hubiera dicho que se disponía a rezar sus oraciones antes de irse a acostar. Pero la refriega estaba despertando demasiado revuelo. Algunos de los espectadores más cercanos daban muestras de indignación:
—¡Habráse visto! ¡Estos gamberros están alborotando y no nos dejan ver el partido!
—¡Pero si hasta han atacado a ese pobre acomodador...!
—¡Esto es inaguantable! ¡A ver, que venga un guardia!
Un tipo corpulento y muy colorado, con cara de bruto, se puso en pie y alargó los brazos hacia la niña: «¡Mocosa, estate quieta! De aquí nos os vais ahora hasta que llegue un guardia. Ya os daré yo...»
Dos tipos con uniforme negro y gafas oscuras subían rápidamente desde las primeras filas, donde estaban por lo visto situados para impedir que los espectadores saltasen al campo... antes de que les tocase el turno. Uno de ellos jaleaba con gritos al gorila espontáneo que cortaba el paso a los chicos: «¡Agárrelos! ¡No deje que se escapen! ¡Han robado una cartera!»
—Conque ladrones, ¿eh? Ya me parecía a mí... —rugía el gordo feroz, mientras agarraba a la chica por un brazo.
Antes de que se decidieran a utilizar los sprays contra el energúmeno, Jaiko recurrió al método más tradicional y le aplicó una estupenda patada en la entrepierna. El otro soltó su presa y se llevó las manos a la parte dolorida, mientras se doblaba en dos con un «¡uffff...!» de globo que se deshincha. Inmediatamente la muchacha enfiló hacia la salida recién descubierta, tirando del niño que parecía sentir gran interés por observar las contorsiones dolientes del gordo. Los guardias de negro se acercaban velozmente y estaban ya casi encima de ellos.
—¡Rápido, por aquí! —los dos amigos, detrás de la chica y su hermano, se precipitaron a través del túnel que llevaba hacia la entrada. El pataleo de su carrera hizo resonar ecos alarmantes en el oscuro pasadizo, que previnieron a los porteros. Les estaban esperando con cara de asombro cuando aparecieron a todo trapo ante ellos.
—¡Tú al de la derecha, yo al de la izquierda! —le ordenó la chica a Fisco, sin dejar de correr. Con sendos chorros del aromático spray pusieron en actitud piadosa y genuflexa a los dos desprevenidos encargados. Fisco, Jaiko y la chica saltaron el torniquete sin dificultad, mientras el pequeño se colaba entre los barrotes retorciéndose como una anguila. Justo a tiempo, porque en ese momento salían del túnel los hombres de negro, vociferando tras de ellos.
Los cuatro siguieron corriendo y corriendo, por la avenida de anuncios y más allá. Corrían como si no fuesen a detenerse nunca, gritándose unos a otros para darse aliento. Varias manzanas después, jadeantes, se dieron cuenta de que nadie les perseguía. De modo que ya estaban libres pero ¿por cuánto tiempo? Porque los cuatro estaban dolorosamente seguros de que más pronto o más tarde, juntos o separados, tendrían que volver.
La chica se llamaba Sara y su hermano pequeño Amo. Mientras se encaminaban hacia «El Pozo y el Péndulo», todos intercambiaron información sobre cómo les había ido con sus respectivos familiares en el estadio. Jaiko no había conseguido siquiera encontrar a su tío y tenía la triste sospecha de que había sido devorado por los psicófagos. Con cierta amargura repetía: «Sí, bueno, esa amiga vuestra dice que se alimentan de almas pero por lo que yo he visto también se comen casi todo lo demás.» «Menos las cabezas —puntualizó Arno—. Como son redondas...» A Sara no le extrañaba que su padre hubiera sido hechizado por el Partido del Siglo, porque era un obseso del fútbol y además bastante bobo (ella no lo decía con estas palabras, pero lo daba a entender claramente) , «En cambio de mi madre no me lo esperaba —añadía pensativa—. Creí que era mucho más lista que todos esos hinchas descerebrados. Claro que como la pobre se aburre tanto...»
En cuanto llegaron a la librería, Fisco y Jaiko presentaron sus nuevos amigos a los dos libreros que esperaban ansiosos el relato de su aventura en el estadio. La narración fue a cuatro voces, interrumpiéndose unos a otros vivazmente para añadir detalles o conjeturas. Cuando por fin concluyeron, su excitación decayó y se sintieron abatidos, como vacíos. Poco a poco empezaban a comprender del todo la enormidad de lo que se les había venido encima. «Nos hemos quedado solos», resumió Jaiko. Y Fisco, acordándose de la tarea que les aguardaba, pensó: «Peor que solos.»
Hubo un largo silencio, alterado de vez en cuando por el rezongar de Séneca y algún silbido entre dientes que dejaba escapar don Pantaleón. Pero fue don Hilarión quien habló primero: a su habitual tono quejoso se le unían ahora trémolos de espanto.
—¡Habéis cometido una imprudencia viniendo aquí! ¿Y si esos psico... psicópatas os siguen? Ahora todos estamos en peligro.
Fisco se retorció inquieto las manos.
—No creo que los psicófagos salgan de caza por ahí. Más bien parece que esperan a que la gente se les entregue. Además, no tenemos ningún otro sitio a donde ir.
—¡Naturalmente y habéis hecho muy bien viniendo a esta vuestra casa! —rugió don Pantaleón, mientras abrazaba a Arno contra su gran barriga—. Juntos podremos pensar qué debe hacerse. Amigo Fisco, para empezar, enséñame la cajita que os ha dado esa desconocida.
Con cuidado, el interpelado la extrajo de su bolsillo. Tenía aproximadamente el mismo tamaño que un paquete de cigarrillos, aunque algo más delgada. La tapa era corrediza y dentro estaba dividida en ocho compartimentos de extensión y forma irregulares, como si allí debieran encajarse las piezas de un rompecabezas. Todos se acercaron para verla mejor... aunque había poco que ver.
Don Hilarión refunfuñó, con bastante razón: «De este chisme poco vamos a sacar en limpio.» Sara clavó sus ojos en don Pantaleón, como esperando algún comentario más constructivo.
—Fiu, fiuuuu... De modo que es aquí donde hay que encajar las letras de marras. Y no sabemos cuáles son ni dónde tenemos que buscarlas. ¡Fiu! Bueno, al menos sabemos que son ocho...
Carraspeó, se limpió sus gafitas de media luna y se quedó un rato pensativo. Luego añadió:
—En fin, como estamos rodeados de libros por lo menos letras no nos faltan.
—¿Quiere decir que podemos recortarlas de algún libro? —comentó escéptíco faiko. El librero se escandalizó ante semejante sugerencia.
—¿Destrozar uno de mis libros? ¡Vamos, ni se os ocurra!
—Pues entonces no sé...
—Mirad, esas ocho letras juntas tienen que significar algo. Si arrancamos las letras de un libro perderán todo significado. No, creo que lo mejor será entrar en los libros a buscarlas... Son los libros los que dan sentido a las letras y a las palabras: las convierten en vida humana...
Fisco no lo veía nada claro: «Pero ¿cómo vamos a entrar en los libros? Lo más que puede hacerse es entrar en una biblioteca, como en la que estamos. O ponernos a leer... ¿se refiere usted a eso?
Don Pantaleón se rascó la cabeza.
—Pues no... por lo menos no exactamente. Vamos a ver: ¿os he contado alguna vez lo que le pasó a mi gato?
«Vaya —pensó Fisco— ya volvemos al dichoso gato.» Con cara de no haber oído hablar nunca del asunto, los dos chicos le felicitaron por tener un minino pero señalaron a continuación que jamás lo vieron en «El Pozo y el Péndulo». Don Hilarión intervino, rezongando:
—El gato se murió hace mucho. Se llamaba Sansón. Y no veo qué tiene que ver el gato con todo este galimatías...
—En efecto —corroboró don Pantaleón— el gatito se llamaba Sansón y el pobre ya se ha muerto. Lo atropello un coche.
Entonces Séneca graznó rencorosamente:
—Sansón, Sansón...
¡Menudo cabrón!
—Como podéis ver —prosiguió el librero, con una mueca humorística— a Séneca no le gustaba mucho. Y tenía sus razones, porque la verdad es que el gato no le dejaba en paz. En fin, el caso es que una tarde, Sansón se metió ahí —y señaló hacia la puerta de cristal esmerilado del pequeño cubículo entre las estanterías.
—¿En «El laberinto de las sirenas»? —preguntaron los chicos. Y como tantas otras veces, cruzaron una rápida mirada de complicidad entre ellos, para decirse sin decirlo: «¡ya te lo decía yo!».
—justamente. Debí cerrar luego la puerta sin darme cuenta y le dejé ahí dentro al pobre. Cuando se hizo de noche le busqué para darle su plato de leche, pero no conseguía encontrarle por ninguna parte. Entonces me pareció ver algo dentro del «Laberinto», una especie de resplandor rojizo. Me llevé un buen susto, porque creí que era un incendio. ¡Tengo tanto miedo de los cortocircuitos! Con tanto libro viejo como hay aquí, esto ardería...
—Y ¿qué paso luego? —se impacientó Amo.
—Pues que abrí esa puerta y el gato salió, tan tranquilo. Yo diría que además muy orgulloso de sí mismo. Llevaba en la boca una flor.
Sara palmoteo, tan contenta como si acabase de ver un truco de ilusionismo. A la chica, de corazón jardinero, le gustaban mucho las flores hasta entre los dientes de un gato.
—¡Una flor! ¿Qué clase de flor?
—Bueno, una flor corriente, no sé, me parece que una rosa. La sujetaba por el tallo, como si acabara de cortarla de algún jardín o de una maceta. La dejó en el suelo para enseñármela y después se puso a juguetear con ella hasta arrancarle todos los pétalos.
—¡Bobadas! —gruño don Hilarión—. Todos los gatos hacen cosas así. No veo qué tiene de raro.
—Lo raro —repuso lentamente don Pantaleón— es que en ese cuartito no hay flores de ninguna clase. Ni las hay en ninguna parte de esta tienda, porque os confieso que soy poco amigo de convivir con hierbajos. De modo que la pregunta es: ¿de dónde trajo Sansón esa flor?
Fisco sacó una conclusión audaz:
—Me parece que usted cree que el gato fue transportado a algún sitio lejano mientras estuvo encerrado en el «Laberinto».
—¡Absurdos! ¡Memeces! —explotó don Hilarión—. ¡Gatos y flores! Estos críos tienen la cabeza a pájaros y tú, Pantaleón, eres peor que ellos.
Sin hacerle caso, el librero contestó mirando a Fisco:
—¡Quién sabe! Se diría que Sansón volvía de un largo viaje... pero no sé a dónde ni cómo se las arregló para viajar. Lo cierto es que en muchos libros aparecen flores, sobre todo rosas, y el gato salió de ahí, del interior de la biblioteca, con una rosa imposible en la boca... —Pantaleón se detuvo un momento, recordando y luego recitó:
«Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.»
Sara se había acercado a la garita y abrió cautelosamente la puerta. Dentro no había nada, sólo bastante polvo y un leve aroma inclasificable, quizá parecido al de la tierra seca cuando le da muy fuerte el sol. A Sara le recordaba un cuarto oscuro lleno de escobas y escobones que había en su casa cuando era muy pequeña y donde sus padres amenazaban con encerrarla si se portaba mal. Afortunadamente, nunca lo hicieron... La chica murmuró:
—¿Ésta es la entrada al mundo de los libros...? —y se le escapó una risita, mientras se tapaba la boca con la mano como solía hacer para que no se le viera el aparato dental.
Don Pantaleón la corrigió:
—Quizá más bien una de las entradas al mundo a través de los libros...
Será casualidad pero, desde que la conoció, Jaiko siempre procuraba estar cerca de Sara; y ahora también curioseaba junto a ella en la garita vacía.
—¿Por qué lo llama usted «El laberinto de las sirenas»?
—¡Ah, eso...! Es el título de una vieja novela muy hermosa. Tenéis que leerla algún día. La verdad es que yo creo que los seres humanos vivimos dentro de un gran laberinto, donde se entrecruzan en vueltas y revueltas el presente y el pasado, el mal y el bien, la nostalgia y la esperanza... Un laberinto de palabras, sensaciones, emociones y recuerdos... pero sobre todo de palabras. Y las palabras se componen de letras, como las que vosotros debéis buscar, si hacemos caso a esa misteriosa señora. Por supuesto, los libros son los mejores vehículos para viajar por ese gran laberinto fabricado con palabras...
—Y... ¿cuál es la salida de ese laberinto? —indagó Fisco.
—No lo sé, no la conozco. Ni siquiera estoy seguro de que la haya. Pero hay que seguir buscando a través de él, eligiendo caminos, girando hacia la izquierda o hacia la derecha y retrocediendo cuando se llega a un callejón sin salida. También procurando acompañar a los que se encuentran todavía más perdidos y desesperados que nosotros... Aunque, claro, a lo mejor todo esto son chaladuras mías y el «Laberinto de las sirenas» no es más que una especie de cajón polvoriento entre tantas estanterías...
Fisco se volvió hacia Sara y Jaiko.
—Vamos a intentarlo. Entremos y cerremos la puerta, a ver qué pasa. Es algo que siempre he querido hacer y estoy seguro de que tú también, Jaiko. Total... ¿qué podernos perder? Además, Sansón volvió sano y salvo.
—-A veces las personas tienen problemas allí donde los gatos se las arregían muy bien —comentó sensatamente Sara.
—¡Un momento, un momento! —protestó don Pantaleón—. Que conste que yo no he dicho que debáis meteros ahí dentro, ni mucho menos que de ese modo vayáis a ir a ninguna parte... Es una idea... en fin, menuda idea, ¿eh? No me gusta demasiado, no, y hasta me da un poco de miedo, para qué voy a negarlo.
Fisco le miró con severidad:
—Don Pantaleón, dejémonos de rodeos y chorradas. Me parece que usted nos está indicando algo y luego quiere hacernos creer que no nos indica nada. Venga, aclárese. Creo que usted sabe de ese «Laberinto» bastante más de lo que nos cuenta. Incluso supongo que usted ya lo ha probado alguna vez, ¿no? ¿A dónde fue usted?
—¿Yo? Pero ¡qué barbaridad! —se acaloró el librero, enrojeciendo y mirando de reojo a su hermano—. ¿Meterme yo ahí, irme yo? ¡Vamos, a mis años, fiuuu...!
—Entonces... ¿de qué tiene miedo? —replicó Fisco—. Déjenos entrar en ese cuartucho y cerrar la puerta. Si no ocurre nada, pues salimos y todos tan amigos. Ya pensaremos otra cosa. Pero a lo mejor conseguimos encontrar las letras que necesitamos. ¡La clave para salvar a nuestras familias! Porque están en peligro, en terrible peligro... de eso es de lo que estamos hablando y usted lo sabe perfectamente. Vamos, después de haber pasado por ese jodido Estadio comprenderá que no vamos a asustarnos de un pequeño cuarto oscuro...
—Yo no sé... no sé qué deciros —el librero se revolvía en el asiento tras la mesa de novedades cuanto permitía su esférica presencia—. Claro que si todos estáis decididos a intentarlo...
Como casi siempre, Jaiko apoyó sin vacilar la decisión de su amigo. También él se mostró partidario de encerrarse en «El laberinto de las sirenas» cuanto antes. Si no sucedía nada, como parecía probable, por lo menos podrían descartar de una vez esa solución. Y deberían entonces empezar a buscar otro camino para alcanzar las letras que necesitaban. Pero por algún lado había que empezar. Sara, llena de dudas, murmuró: «A mí tampoco se me ocurre nada mejor... de momento. ¡Peor sería quedarnos de brazos cruzados!» Pero el más entusiasta en emprender la aventura era Amo, que se sintió desolado cuando le dijeron que en cualquier caso él debería quedarse fuera de la estrecha cabina con don Pantaleón, esperándoles. Era tan minúscula que apenas cabían tres personas y además él era aún demasiado pequeño para arriesgarse a... a lo que fuera.
—¡Jopé, pero yo quiero ir! Seguro que el gato era más pequeño que yo... Mira, si me encojo no ocupo nada de sitio.
Antes de que empezase a hacer pucheros, Sara le puso las manos en los hombros y le habló con firme dulzura.
—Esta vez no, Arno. Quizá la próxima... si es que hacemos otra expedición. Es muy importante que uno de nosotros al menos se quede fuera, por lo que pueda pasar.
—Toma —le dijo Fisco—, tú guardarás la caja de las letras hasta que volvamos. Cuídala bien, porque sin ella no podemos hacer nada.
El chaval apretó con fuerza el estuche metálico contra su pecho y se tragó valerosamente las lágrimas.
Don Hilarión iba de un lado para otro nervioso, moviéndose en diagonal como un alfil cascarrabias.
—Todo esto es un auténtico disparate. ¡Pero si ni siquiera sabéis qué letra vais a buscar!
En ese momento Séneca protestó con energía desde su percha:
—Voy a decirte una cosa
pa'que me dejes en paz:
es-«A» la primera letra
y ya está, ya está y ya está.
Al recibir esta información perentoria en un tono bastante iracundo, todos se echaron a reír y hasta don Hilarión cloqueó una especie de risita. Don Pantaleón se encogió de hombros y dejó claro que, si los chicos se empeñaban, él no iba a impedirles que se encerraran en el «Laberinto». Bamboleándose sobre sus piernas cortas, acompañó a los tres jóvenes hasta el cubículo. En su rostro de sabihondo había preocupación, pero también enorme curiosidad y cierto orgullo por el coraje de sus amigos. Uno tras otro, los tres se introdujeron allí, bastante apretados, como en un ascensor demasiado estrecho. Para animarse no dejaban de hacer comentarios jocosos. «¡Menos mal que ninguno de nosotros está gordo! Desde luego don Pantaleón ya no cabe...» La verdad es que se sentían todos un poco ridículos emparedándose en semejante agujero para esperar Dios sabe qué. Por fin el librero cerró la puerta y retrocedió un paso. Luego preguntó:
—¿Todo va bien?
—Muy bien, pero con bastante calor. ¡Jaiko, como te tires un pedo te la cargas!
Se oyeron risas y cuchicheos. De pronto don Pantaleón empezó a ver un fulgor rojizo tras el cristal esmerilado.
—¡Eh, chicos! ¿Qué es eso?
—Empieza a soplar una especie de viento. Cada vez más fuerte... Y hay una luz roja... ¡No, es el viento, el viento es rojo!... Muy fuerte, sopla muy fuerte. Nos arrastra...
—¡Sara, Sara! —gritó Arno—. ¿Estás bien?
La respuesta le llegó desde lejos, maravillada.
—¡Allá vamos!
Fue el calor lo que despertó a Jaiko. Intentó abrir los ojos, pero el sol le daba en la cara con fuerza y tuvo que cerrarlos de nuevo enseguida. Estaba un poco atontado, como si saliese de un sueño demasiado profundo. Se incorporó despacio, sacudiéndose la ropa. La tenía polvorienta, sin duda por haber rodado un rato por la tierra. Y allí había polvo por todas partes, un mar de polvo ocre y ardiente machacado por los puñetazos del sol implacable. Pero ¿dónde estaban...?
—Jaiko... —bueno, por lo menos ahí está Sara, detrás suyo y un poco a la derecha. Y ya pidiendo favores—: Ayúdame a buscar mi aparato dental, que lo he perdido.
Rastrearon un rato en la tierra abrasada hasta encontrar el pedacito de metal dorado, que quemaba al tocarlo. Si llega a permanecer un par de horas más al sol, a lo mejor se funde.
—¿Y Fisco? ¡Eh, Fisco, tronco! ¿Dónde andas?
Le respondió un gemido lejano. Allí encontraron a su amigo, sentado en el suelo con la cabeza entre las manos.
—¿Estás bien? —se interesó Sara, solícita.
—Más o menos. Estoy como si saliera de tres días seguidos de botellón. Pero... ¡es increíble! ¿Os dais cuenta? ¡Ha funcionado!
—¡Y tanto que ha funcionado! —Sara no hacía más que mirar alrededor y palparse el cuerpo, como si temiera estar soñando—. Francamente, yo pensaba que todo eso del gato y del viaje al mundo a través de los libros era como una especie de cuento de ese viejo. Una prueba para ver si confiábamos en él o algo así... ¡Ahora resulta que es verdad!
—Estábamos allí y ahora estamos aquí... —recapituló Jaiko, medio embobado—. ¿Cómo puede ser? Sí, funciona pero... ¿cómo funciona? No entiendo absolutamente nada.
__N¡ yo —admitió Fisco—. Pero tampoco entiendo cómo funciona la televisión y la vemos todos los días.
Sara no admitió la comparación:
—No es lo mismo. Lo de la televisión es científico, unas ondas electromagnéticas o no sé qué, en fin, que se puede explicar si te lo estudias. Pero esto no tiene nada que ver con enchufes ni con electricidad, parece más bien... ¡magia!
—A lo mejor también esta magia puede explicarse —se obstinó Fisco— cuando la ciencia avance un poco más...
—Bueno, qué más da, resulta inútil que le sigamos dando vueltas ahora —concluyó Jaiko, que era una persona bastante práctica—. Lo que cuenta es que aquí estamos... y que espero que podamos volver. Pero antes tenemos que buscar esas letras, ¿no? A ver, ¿sabe alguien a dónde hemos venido a parar?
Por más que miraron a uno y otro lado, el paisaje tenía pocas variaciones. Llano y amarillento, salvo algún roquedal sanguíneo hacia el norte y unos alcores cubiertos de matorrales ralos, muy hacia el este. Por lo demás, nada. «¿Qué hacemos?» El consejo de guerra duró poco, porque no se les ofrecían muchas opciones.
—Si llegamos a esos montículos —opinó Fisco, señalando hacia mediodía— puede que desde allí alcancemos a ver algún pueblo.
—Y quizá hasta encontremos sombra —remató Sara con acalorada esperanza.
De modo que se pusieron en marcha, a buen paso.
Antes de llegar a la mitad del camino, ya sudaban abundantemente. Sin embargo su estado de ánimo era excelente: se intercambiaban bromas sobre el aspecto más bien maltrecho que presentaba cada uno al acabar su raro viaje a lomos del viento escarlata y no cesaban de preguntase qué aventuras les esperarían ahora en esta tierra desconocida. Por fin llegaron a la cima de un altozano. Nada de sombra, pero un poco más allá se extendía un vasto trigal y a lo lejos se divisaba un pueblito. Como no había nada más prometedor a la vista, ése fue el objetivo hacia el que se encaminaron. Tres cuartos de hora largos después, no sólo chorreaban sudor sino que empezaban a jadear.
Sin embargo no tuvieron ocasión de llegar hasta el pueblo, porque cuando ya se encontraban cerca un grupo de campesinos salió a su encuentro. Eran diez o doce, con aspecto desastrado y ojos furiosos, como de gente desesperada. Llevaban horcas, piedras, palos y les dieron el alto gritando desde lejos.
—¡No os acerquéis más! ¡Atrás! Decidles a Ellos que ya no tenemos nada más que darles. Se han llevado lo poco que guardábamos, han devorado nuestras cosechas y ahora nuestros hijos y nuestras mujeres pasan hambre. De modo que no tenemos nada que perder, o sea... ¡cuidado!
—Hasta los gusanos intentan morder el dedo del pescador cuando les va a clavar en el anzuelo —añadió sombríamente uno de los más viejos.
Los tres chicos se detuvieron, un poco desconcertados, y Fisco intentó razonar con aquella pobre gente.
—Escuchad, por favor: no sabemos de qué nos estáis hablando. ¿Quiénes son «Ellos»?
—Conque no les conocéis a Ellos, ¿eh? —respondió el viejo con amargura—. Entonces, ¿quién os envía?
Sara intervino en ese momento, con toda la amabilidad de que fue capaz:
—Nadie nos manda. Somos forasteros y nos hemos perdido. Estamos muy cansados. Sólo queremos descansar un rato a la sombra y beber un vaso de agua. Si pudieseis...
Dio un par de pasos hacia delante y una piedra se estrelló con saña a sus pies, haciéndola retroceder.
—¡No, no, atrás! ¡No os queremos aquí, regresad con Ellos!
El viejo volvió a hablar, en un tono más conciliador pero de una firmeza que no admitía réplica:
—Lo siento, no podemos ofreceros hospitalidad. Quizá digáis la verdad. Si es así, ¡que Dios nos perdone por no dar de beber al sediento ni albergue al peregrino, como nos manda la santa doctrina! Pero vosotros debéis culpar de nuestro comportamiento a los malvados porque nos han hecho tan miserables que ya no podemos permitirnos ni siquiera el lujo de la generosidad, que es el último de que disfrutan los pobres y el primero que les falta a los ricos. Id en paz.
Por si esas palabras no bastasen, otras dos piedras cayeron cerca de ellos, lo que les decidió finalmente a alejarse. Con aquella gente no había nada que hacer. Bastante mohínos y también con cierto enfado, los tres se pusieron en marcha rumbo a no se sabe dónde. «¡Menuda tropa de tarugos! ¡Vaya corte nos han dado! —comentaba muy mosqueado Jaiko—. Ahora ¿qué hacemos?» Sara procuró razonar:
—Tiene que vivir alguien más por aquí. Si hemos aterrizado en este páramo, alguna razón habrá. Según vuestro amigo Pantaleón resulta que estamos viajando a través del laberinto de los libros, ¿no? Pues todos los libros que yo he leído tenían argumento y contaban una historia. De modo que este cuento no puede acabar simplemente así, a pedradas.
—Yo no estaría tan seguro —comentó Fisco.
—Los de la aldea hablaban de unos «Ellos», como si fueran sus enemigos —observó Jaiko—. No sé a quiénes se referían, pero en vista del trato que nos han dado, puede que con «Ellos» nos entendamos mejor.
Pasaron raudos tres grajos sobre sus cabezas, lanzando un grito ronco como de burla. El sol parecía hacerse mayor y más fiero a cada momento. Siguieron caminando y sudando un rato largo, en silencio para ahorrar aliento, hasta que Fisco les señaló de pronto un punto en el monótono paisaje:
—¡Mirad allí, esa dos grandes rocas! Por lo menos podremos descansar un rato a la sombra.
Dicho y hecho. Veinte minutos más tarde se sentaban en el suelo, momentáneamente a resguardo del sol y resoplando como focas, aunque... ¡las focas, el agua fresquita, qué envidia! Reposaron un rato. Entonces Sara comentó, sin darle mucha importancia pero con bastante extrañeza:
—Aquí huele un poco raro, ¿verdad?
Fisco declaró que él tenía la boca tan seca que la nariz debía ya de haber dejado de funcionarle por solidaridad con su vecina de abajo, pero que bien pensado, quizá... En parte por complacer a Sara, Jaiko aceptó que él también notaba un olorcillo raro. De pronto Sara se levantó de un salto, francamente molesta:
—¡Desde luego que huele! No sólo huele: ¡apesta!
Atónitos, Fisco y Jaiko le dijeron que no era para tanto. Sólo consiguieron indignar a la chica:
—Claro, vosotros apenas os dais cuenta porque seguro que en vuestros cuartos siempre huele así. Pero yo lo noto perfectamente y es una peste insoportable.
—¿A qué huele? —clamaron ellos lastimeramente.
—¿Cómo que a qué huele? —rugió Sara—. ¡Pues a piesl ¡Apesta a pies sudados, de un modo que no te lo puedes creer!
En ese momento se inició una especie de terremoto: el sucio pareció estremecerse y las dos rocas que les cobijaban se les vinieron bruscamente encima, de tal modo que apenas tuvieron tiempo de evitar ser aplastados. Demasiado tarde comprendieron que no pertenecían al orden geológico sino más bien a la zoología; porque resulta que no eran dos piedras sino la suela de dos botas colosales, cuyo dueño acaba de incorporarse frente a ellos. Tenía la estatura de un edificio de cuatro pisos, iba vestido con uniforme de camuflaje y se cubría la cabezota con un pasamontañas negro, a través de cuya abertura les contemplaban dos ojos poco amigables, del tamaño de televisores de pantalla panorámica. Al cinto llevaba un machete que podría servirle de espetón para asar a tres vacas juntas, cuyo mango aferraba con el puño como si estuviese a punto de desenfundarlo. Y la verdad es que por allí no había vacas que ensartar, así que...
—¡Maldita sea mi abuela, que no consigo echarme una siesta tranquilo! —su vozarrón era tan dulce como una avalancha en el Himalaya—. Pero vamos a ver... ¿a quién tenemos por aquí? ¡Patxí, ven, mira lo que acabo de encontrar!
La tierra tembló una vez más y detrás de él apareció otro congénere de la misma especie y volumen, idéntico en todo salvo que su pasamontañas era color verde oliva.
—Espera, Miguelito, no seas egoísta, deja algo para mí. Estas cosillas sólo son divertidas cuando duran un poco.
Las tres «cosillas» estaban tan paralizadas por el pánico que se les había olvidado hasta respirar. Sin duda estos gigantes eran «Ellos», los temidos enemigos que tiranizaban la aldea y tenían desesperados a los lugareños. No, desde luego no parecía fácil hacerse amigo suyo. Bien mirado, hubiera sido preferible recibir unas cuantas pedradas que ir a caer en semejantes garras... El que había estado a punto de aplastarles bajo sus botas se acuclilló para contemplar mejor a los chicos: tras el pasamontañas, su aliento tenía la delicada fragancia de un cubo de inmundicias durante una huelga de empleados municipales de limpieza.
—Pues sí, Patxi, aquí los tienes: son dos mocosos y una muñequita. No parecen de nuestra aldea, están demasiado blancuchos para ser campesinos. Pero nos van a venir muy bien, porque ya es hora de que mandemos un aviso definitivo a esos palurdos.
—Seguro que has tenido una buena idea, Miguelito. Ábreme tu pensamiento y te felicitaré por ella.
—Verás, camarada. Estos dos mocitos se quedarán aquí en nuestra compañía, mientras la pitusa marcha a la aldea para llevarles a esos testarudos nuestro pliego final de condiciones. Y les advertirá de que si en veinticuatro horas no las han cumplido a nuestra total satisfacción, cortaremos a estos caballeretes las orejas y la mano izquierda. Si pasa otro día y seguimos en las mismas, les cortaremos la nariz y la mano derecha. Y si al día siguiente siguen sin atender a razones...
—Entonces ¡zas! —concluyó entusiasmado Patxi.
—Eso es, ¡zas, zas! Tienes un salero cuando quieres...
Sacando fuerzas de flaqueza, Jaiko se atrevió a protestar ante semejante programa de festejos.
—Pero... los aldeanos no nos conocen de nada y nos recibieron hace poco a pedradas. ¡No moverán un dedo para salvarnos! Mire, no sé quiénes son ustedes pero nosotros no tenemos nada que ver con sus asuntos. ¡No pueden hacernos esto!
La risa de los dos grandullones resonó ronca y largamente bajo sus capuchas. Luego el llamado Miguelito aclaró las cosas:
—Claro que podemos, enano, claro que podemos... ¿Sabes por qué? Porque tenemos más fuerza que vosotros y la fuerza consiste precisamente en poder hacer lo que a uno le da la gana, sin pedir permiso a nadie y piensen lo que piensen los demás. ¿Quieres saber quiénes somos o, mejor, qué somos nosotros? Te lo diré: somos ogros. Ya ves, renacuajo, de algún modo hay que ganarse la vida. Aunque no sepáis nada de los negocios que nos traemos entre manos, os habéis puesto casualmente a nuestro alcance y ahora nos interesa utilizaros como acabo de explicar. En efecto, puede que los aldeanos no hagan caso de nuestro ultimátum. Eso será muy malo para vosotros, pero a nosotros nos causará poca molestia y mientras tendremos algo de diversión. Después ya se nos ocurrirá otra cosa para conseguir lo que queremos, ¿verdad, Patxi?
—¡Verdad y de la buena, viejo camarada! —corroboró obsequioso el interpelado.
—De modo que ¡andando, niña! —Miguelito se sentó en el suelo con el mismo estruendo que causaría el derribo de un ayuntamiento. Sus dos manazas cayeron sobre Fisco y Jaiko, los encerraron en su cepo y los levantaron en el aire, para depositarlos después en el terreno cercado por sus piernas cruzadas como en un campo de concentración—. Cuanto antes vuelvas con buenas noticias, antes soltaremos a tus hermanos, o tus novios o tus lo que sean estos pigmeos.
—¡Por favor, señor ogro, no les haga daño! —imploró Sara—. ¿Qué es lo que tengo que decir en la aldea?
—No te preocupes, con contarles lo que pasa y sobre todo lo que pasará si no obedecen ya es suficiente. Esos palurdos conocen de sobra nuestras exigencias. El bueno de Patxi —informó en un tono más confidencial— es un idealista, ya sabes, y quiere que ízen su bandera en la plaza mayor y le nombren alcalde, gobernador, jefe de bomberos o no sé qué. Yo en cambio tengo gustos mucho más sencillos: me conformo con dinero. Eso sí, con todo el dinero, ni más ni menos. Anda, bonita, lárgate de una vez y no tardes, si no quieres que estos mocosos se queden sin mocos, digo sin nariz, ja, ja...
Sara vacilaba, muerta de angustia. No se decidía a marcharse dejando a sus amigos en ese trance.
—Pero es que... ¡cómo voy a irme sin ellos!
—¡Fuera, largo o te pego una patada que te mando a la luna! —rugió brutalmente Patxi.
Desde su encierro entre las piernas del gigante, Fisco también la apremió:
-—¡Vete, Sara! ¡Pide ayuda! ¡Tienes que encontrar ayuda!
Los ogros rieron al unísono, con fragor de cataratas. Por lo visto se estaban divirtiendo muchísimo.
—¡Sí, eso sobre todo, Sarita, ricura! ¡No se te olvide pedir ayuda! ¡Debes volver con el séptimo de caballería! Te resultará facilísimo. El mundo está lleno de gente deseosa de jugarse el pellejo ayudando al prójimo, de modo que tendrás dónde elegir. ¡Trae ayuda, mucha ayuda! Y si te acuerdas, a mí tráeme también un jamón, que ya va siendo hora de comer...
Sara finalmente se puso en marcha, desesperada, sin saber verdaderamente a dónde ir. Desde lejos le llegaba la voz de Jaiko, con su despedida: «¡Sara, guapa, valiente...! ¡Sálvanos!... Pero si no volvemos avernos... nonos olvides nunca... acuérdate de nosotros, Sara... acuérdate... de mí.»
Anduvo, anduvo y anduvo, abrumada por el polvo pegajosamente agresivo y por el agobio del sol. Los pies le quemaban, como si fuese descalza sobre brasas. Su cuerpo sólo quería alejarse del peligro, poner cuanta más tierra por medio mejor; pero en su cabeza resonaban obstinadamente tres palabras, semejantes a moscas dentro de una botella "que zumban sin encontrar la salida: «volver con ayuda, volver con ayuda...».
Al rebasar un pequeño collado, divisó media docena de árboles resecos, que proyectaban una sombra escasa bajo la que se guarecían dos hombres. Junto a ellos, buscando algún hierbajo que rumiar, aguardaban un caballo viejo y un asno de aspecto resignado. La chica corrió hacia allí, tropezando y gimiendo. Su aspecto expresaba con tanta claridad desconsuelo que uno de los dos hombres salió a su encuentro, preocupado. Era más bien bajo, rechoncho y llevaba barba de varios días, pero Sara se abrazó a él sollozando como si fuese la viva imagen de la más radiante esperanza. Intentó explicarle lo que les había ocurrido, pero no le salían las palabras: sólo era capaz de balbucear «¡ayuda, ayuda!». Él hizo lo que pudo por tranquilizarla:
—Sosiégate, muchacha. Calma, que ni lágrimas ni gemidos sirven para aclarar asunto alguno. Tengo por seguro que has sufrido algún famoso agravio o desafuero y que deseas ver tu derecho reparado. Pues bien, debes saber que llegaste a buen puerto, como suele decirse, ya que mi señor don Quijote, aquí presente, es el más grande caballero andante que vieron los tiempos pasados o presentes. Su fuerte brazo defiende a las viudas y a los huérfanos contra raptos, abusos y malos hechizos. Y de ello puedo dar fe yo, Sancho Panza, su escudero y testigo de mil asombrosas hazañas.
Recostado contra el tronco de uno de los árboles, el así elogiado caballero lanzó un suspiro. Era de edad más que mediana, tan enteco que parecía quebradizo y cuando empezó a hablar se agitaba trémula su barbita canosa y afilada:
—Sancho amigo, te agradezco tu buena disposición para defender mi maltrecha nombradía pero no debes hacer concebir falsas esperanzas a esta damita. ¿Hazañas, dices? Lo único que me has visto padecer desde que cabalgamos juntos son fracasos, manteos y quebrantos. Nada hay de asombroso en tales percances, salvo el hecho de que aún estemos vivos para contarlo. Por buena que sea mi intención, los resultados de mis esfuerzos son nulos o ridículos. Allá donde yo creo ver injusticias, sólo hay costumbres y rutinas de todos aceptadas; los que supongo malvados brujos son simples funcionarios y las princesas cuyo honor me apresto a defender se revelan deshonradas mozas de partido. Una y otra vez lo he intentado, pero ya no puedo más. Hace tiempo fui llamado el Caballero de la Triste Figura, pero ahora tienes ante ti al Caballero de la Mucha Fatiga. Muchacha, no sé lo que te aflige pero estoy lamentablemente seguro de que seré incapaz de remediarlo.
Calló luego con otro suspiro don Quijote e inclinó la cabeza sobre su pecho. Sara mientras no paraba de darle vueltas a la cabeza. ¡De modo que se había encontrado con don Quijote y Sancho Panza! Pues nada, había que aprovechar la ocasión. Lamentó no haber leído nunca la novela de Cervantes, aunque recordaba una serie de televisión sobre el personaje. Claro que tenerle allí delante, de carne y hueso... bastante más hueso que carne, según parecía... y mucho más desanimado que en la tele... Sin embargo, ella necesitaba su ayuda. ¡Y enseguida! Pero ¿cómo había que dirigirse a este señor tan raro y tan antiguo? La chica optó por el género dramático y se precipitó de rodillas junto a él, implorando:
—¡Por favor, por favor, buen caballero! Mis amigos Fisco y Jaiko han caído en poder de dos gigantes crueles que quieren mutilarles primero y matarles después. Salvo usted no hay esperanza ninguna para ellos ni ayuda para mí. ¿A quién recurriré si me abandonáis?
—¿Gigantes, dices? —don Quijote levantó la cabeza al oír la palabra, como los niños en la escuela cuando suena la campana del recreo. Pero la animación le duró poco y enseguida volvió a su abatimiento—. Seguro que te equivocas. Me tengo por una autoridad en la materia y puedo asegurarte que no hay gigantes: sólo son molinos de viento. Mueven sus aspas como si fuesen brazos enormes y amenazadores, pero son simples molinos. Llamándoles «gigantes» cometes un error muy común. También yo incurría en él con frecuencia, en otro tiempo, y pretendía luchar contra ellos para conseguir fama. ¡Imagínate! Nadie puede labrarse una reputación alanceando inocentes molinos de viento. Porque los molinos no raptan a nadie, ni mutilan ni asesinan a nadie: se limitan solamente a moler trigo y también a triturar las ilusiones de los viejos locos como yo o de las niñas solitarias como tú.
Sancho Panza intervino entonces, apoyando las súplicas de Sara. Desde que se encontraron, miraba a la muchacha con solicitud paternal. Su buen sentido había comprendido de inmediato que no era una princesa legendaria asustada por hechiceros de novela de caballerías sino una niña que necesitaba ayuda contra algún peligro perfectamente terrenal.
—Pero escuche vuesa merced a esta criatura, que una golondrina no hace verano ni un molino confundido con gigante hará que todos los gigantes luego vayan a ser molinos o molineros. Sí ahora vencéis a esos gigantes de los que yo no dudo y rescatáis a sus víctimas, mañana podréis enviarles camino del Toboso para que lleven a vuestra señora Dulcinea recado de rendida y amorosa pleitesía.
—¡Calla, Sancho, no hables de lo que no entiendes! —replicó dolorido en lo más íntimo el Caballero de la Mucha Fatiga—. La sin par Dulcinea, la dama de mis pensamientos, está ya definitivamente fuera de mi alcance. Nada he hecho para merecerla. Soy tan indigno de su atención como de escuchar el coloquio sublime de los astros en las noches de Castilla...
Como era de natural bastante impaciente, Sara estaba comenzando a hartarse de tantas rogativas:
—Muy bien, pues no me ayudéis sí no os apetece. Pero francamente... ¡vaya caballero ambulante estáis hecho! Aquí viene una con un problema y ni caso. Si esa señora Dulcinea de la que habláis con los ojos en blanco es tan sin par como usted guerrero y defensor de viudas, no me extrañaría que tuviese verrugas en la cara y bigote...
Don Quijote se puso en pie, no diré que de un salto pero sin duda bastante rápidamente, con un entrechocar de piezas de armadura que sonó como si fuesen latas de cerveza vacías.
—¡Eso sí que no! Sostengo ante quien fuere que Dulcinea es la más hermosa y yo el más desdichado de los caballeros. Y no está bien que mi flaqueza ni mi fatiga desmientan tan gran verdad. Ayer la defendí contra la furia de los dragones y hoy, si hace falta, arrostraré también por ella el ridículo, que es el dragón más peligroso de todos. ¡Ea, muchacha! ¿Dónde están esos ogros? Si existen se las verán conmigo y pagarán sus tropelías. ¡Con que gígantitos a mí...! Pero luego deberás reconocer públicamente allá donde fueres que no hay sobre este planeta ni bajo este firmamento dama más bella y menos verrugosa o bigotuda que mi Dulcinea.
Después, mientras la chica todavía enfurruñada decía por lo bajo «ya veremos...» aunque estaba muy satisfecha de haber sido finalmente escuchada, don Quijote requirió su caballo Rocinante y se encaramó a él con la ayuda del escudero. También Sancho se subió en su asno y ambos partieron trotando en la dirección que les había indicado Sara, quien les seguía de lejos. La muchacha quería albergar alguna esperanza, pero veía el asunto bastante peliagudo. La verdad es que consideraba muy pequeña la probabilidad que tenía la dispar pareja que la precedía de vencer a los feroces ogros. Si se hubieran admitido apuestas y la vida de sus compañeros no hubiese estado en juego... Sara habría sin duda apostado por los ogros.
Don Quijote llevaba en alto su lanza y embrazaba su adarga, mientras que Sancho se había guardado varios pedruscos de buen tamaño en el zurrón y tenía preparada su honda. El caballero advirtió sus manejos y comentó severamente:
—Creo haberte dicho en otras ocasiones, Sancho amigo, que pelear a cantazos es cosa de cabreros y otros villanos semejantes, pero indigna del escudero de un caballero andante.
—Pues no lo tengo yo por tal —argüyó Sancho— sino que considero esta arma adecuada para la ocasión que nos aguarda, porque con una honda precisamente el santo David derribó para siempre al gigante Goliat.
—Sea como dices y no se hable más —concluyó magnánimo don Quijote, a! que a veces asombraba en su fuero interno el sencillo ingenio de Sancho. En ésas estaban cuando llegaron a la cima del altozano y desde allí divisaron a los dos monstruos enmascarados, sentados pesadamente en el suelo y dando tientos a un enorme pellejo de vino.
Encerrados entre las piernas de uno de ellos seguían Fisco y Jaiko, cada vez más angustiados por las risotadas y bromas ominosas de sus captores. Don Quijote abrió y cerró varias veces los ojos, como tratando de aclararse la vista:
—¡Que Dios nos ayude, buen Sancho! ¿Será posible? Porque para mí que son gigantes lo que tenemos enfrente. ¡Gigantes verdaderos, ogros malignos, lo que he buscado desde que salí de casa y me dediqué a la caballería andante! Puede que haya llegado por fin mi día, después de tantos desengaños y sinsabores... Pero ¿cómo estar seguros? Quizá dentro de un instante se conviertan en molinos, al igual que tantas otras veces. Cuanto más gigantes parecen los gigantes, más molinos resultan luego ser...
Sancho, en cambio, no albergaba dudas respecto a lo que veía, aunque en cambio las tenía —¡y muchas!— en lo referente al resultado de la batalla que se avecinaba:
—Repare bien vuesa merced que son gigantes y no ninguna otra cosa esos dos monstruos de allá abajo. Y retienen a dos muchachos, por lo que veo, que están gritando pidiendo auxilio...
En efecto, al ver en lontananza las siluetas del caballero y su escudero, Fisco y Jaiko comenzaron a dar voces desgarradoras. Entonces el Caballero de la Mucha Fatiga se sacudió su desánimo y no dudó más.
—Sean molinos o gigantes, Sancho, lo único seguro es que allí hay gente en peligro. Y para acudir al rescate de quienes están en peligro y ganar así gloria con ello se inventó la caballería andante. De modo que ¡sus y a ellos! ¡Por mi señora Dulcinea! ¡No huyáis, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!
Lanza en ristre, picó espuelas y el mohíno Rocinante avivó un tanto el paso. Los dos secuestradores contemplaron su avance y oyeron sus voces con bastante asombro.
—Patxi, ¿ves tú lo que yo veo?
—Claro, Miguelíto. Otros dos incautos que quieren abandonar este mundo antes de tiempo.
En ese preciso instante, zumbó la honda de Sancho Panza y una piedra bien dirigida le golpeó en la nariz.
—¡Joder, ay, maldita sea su estampa! Nos atacan a traición...
Ambos colosos se pusieron en pie. Parecían haberse olvidado un poco de Fisco y Jaiko, que comenzaron a apartarse discretamente de ellos.
—¿Sabes lo que te digo, Patxi? Que no me gusta nada esa pareja. Se diría que no nos tienen miedo. ¿Por qué? Vaya usted a saber... ¿Y si llevan algún arma secreta?
-—No me inquietes, Miguelito. Yo con cosas raras de ésas no quiero saber nada. Ya sabes que sólo me gusta lo tradicional...
—Y la principal tradición es que los enanos como ésos nos tengan miedo, ¿no? Pero ahí vienen, a todo trapo y sin temblar. Francamente, este asunto empieza a olerme mal.
Entonces Fisco, ya a una prudente distancia de los ogros, comenzó a gritar:
—¡El cañón! ¡Venga, disparadles ahora un buen cañonazo!
Y Jaiko le secundó con fervor entusiasta:
—¡Eso, el cañón, el cañón! ¡Apunten...! ¡Fuego!
Los ogros estaban cada vez más inquietos.
—Con gente así de alterada no se puede hablar razonablemente. Si el mundo está lleno de personas sensatas que tiemblan como es lógico al vernos, ¿por qué cono debemos nosotros aguardar aquí a esos dos chalados que nos desafían? A mí no me gusta tratar con locos ni con fanáticos. ¡Anda y que les den! Mira, yo me largo. La prudencia es la madre de la ciencia...
—Lo que tú digas, Miguelito...
Y ambos a dos volvieron grupas y partieron con grandes zancadas, levantando tras su paso una enorme nube de polvo. Indignado por esta retirada que le privaba de adversarios, don Quijote les daba grandes voces («¡no huyáis, no huyáis, descomunales y soberbias criaturas...!») mientras espoleaba a Rocinante, el cual parsimoniosamente desistía de darse demasiada prisa. También Sancho celebraba la retirada de los gigantes y recomendaba renunciar a cualquier persecución punitiva:
—Déjeles vuesa merced que se vayan en buena hora, pues así le conceden una indiscutible victoria. A enemigo que huye, puente de plata. ¡Y viva por siempre mi señor don Quijote, flor y nata de la andante caballería!
Las voces de Jaiko y Fisco se unieron a esos vítores, mientras corrían al encuentro de sus salvadores. Sara los abrazó sin poder contener alguna lagrimita y |aiko la besó con tal entusiasmo que la chica a punto estuvo de tragarse el protector dental. Por lo demás, estaba muy orgullosa de lo bien que había gestionado el rescate: «¡Misión cumplida! ¿Qué os parece? ¡Misión cumplida! ¡Y nada menos que con don Quijote! ¡Vaya pasada, eh!» Desde sus monturas, el caballero y su escudero les miraban con satisfecha benevolencia.
—No hay mayor contento, según creo, que salvar el pellejo cuando todo indicaba que estábamos a punto de perderlo —comentó el escudero lanzando un tierno suspiro.
Pero don Quijote, que aceptaba con nobleza y algo de alivio su inusual victoria, le corrigió:
—A mi entender aún es más importante recuperar la libertad. Pues la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.
Después de estas palabras, se dirigió a los dos rescatados:
—Y a vosotros, amigos, os tengo que hacer una petición propia de los usos de la caballería, a la que estoy seguro de que no os negaréis pues aunque jóvenes parecéis de muy noble talante. Quiero que vayáis a la villa del Toboso y allí busquéis a la sin par Dulcinea para testimoniarle mi amor y narrarle la hazaña que he llevado a cabo por ganar mérito ante sus ojos.
—Lo haremos con mucho gusto —dijo Fisco— pero, por favor, escribidnos el nombre de esa persona para que no lo olvidemos o confundamos.
Don Quijote se desembarazó de la lanza, que apoyó en el arzón, y de la adarga; luego tomó el pequeño cuaderno y el bolígrafo que le tendía Fisco, contemplando este último adminículo con bastante curiosidad. Por fin escribió con letras grandes y no muy hábiles: «dul-cinea». El muchacho arrancó la hoja y después leyó despacio el nombre en voz alta, para estar seguro de no equivocarse. Sara y Jaiko miraban el papel por encima de su hombro, con los ojos fijos en los trazos dibujados por la diestra del genial aventurero. Entonces un vientecillo venido de no se sabe dónde empezó a despeinarles, mientras les envolvía algo así como una luz purpúrea.
Jaiko aún tuvo tiempo de gritar: «Don Quijote, ¿cómo es Dulcinea?» Después el viento arreció, fortísimo, y una nube roja les cubrió por completo. «¡Nos vamos!», dijo Sara. Y partieron.
Arno, que no apartaba los ojos de la puerta esmerilada del «Laberinto», avisó con un grito a los libreros:
—¡Otra vez la luz roja! ¡Ya vuelven! ¡Sara, Sara...!
Don Pantaleón abrió el cubículo y allí estaban los tres expedicionarios, mareados y bastante confusos, pero sanos y salvos. Los abrazaron, los sentaron en las sillas más cómodas que pudieron encontrar y don Hilarión les dio aire con una revista, mientras gruñía: «¡Dejadles respirar! ¡Pero caramba, que les vais a ahogar!» Arno se agarraba a Sara, quizá temiendo verla desaparecer otra vez de un momento a otro. Durante buen rato permanecieron como ensimismados, mirando de vez en cuando a su alrededor con ojos vagos, como si no reconocieran dónde estaban. En el fondo, más que haberse ido a lo desconocido les asombraba haber vuelto a lo familiar...
Cuando se repusieron un poco, contaron su aventura con los ogros y su encuentro con don Quijote. Sara se encargó de narrar con todo detalle la parte que le correspondía, dándose un poco demasiado protagonismo... al menos a juicio de Fisco. Don Pantaleón estaba especialmente contento con el relato, que acompañaba con largos y entusiastas silbidos, porque el ingenioso hidalgo era quizá su preferido entre todos los protagonistas literarios que en el mundo han sido. Después de todo, la locura quijotesca proviene de una enorme y feliz pasión por los libros, como la que el propio Pantaleón sintió toda su vida desde que era un arrapiezo que apenas sabía atarse los cordones de los zapatos. Por cierto: ahora, con muchos años y muchos kilos más que entonces, no sólo seguía conservando la misma afición a leer sino que aún no dominaba del todo el arte de abrocharse bien el calzado.
—¡Qué suerte habéis tenido, chicos! Fiu, fiuuuuu... ¡Cuánto os envidio! Pero por favor, Fisco, enséñame esa hoja de papel en que don Quijote escribió el nombre de su amada. Quiero tener el privilegio de contemplar el autógrafo de alguien tan noble, tan...
Entonces Fisco, desolado, se dio cuenta de que en el torbellino escarlata que les trajo de regreso había perdido el precioso papel. Lo llevaba sujeto con fuerza en la mano pero en las tumultuosas vueltas y revueltas de su trayecto asombroso la hojita del cuaderno se había desgarrado y desapareció. Entre sus dedos apretados quedaba ahora sólo una esquina, un pequeño trozo en el que podía verse una «A» mayúscula, el final del nombre de Dulcinea. Exhibió ese resto con aire compungido, pero Sara al verlo lanzó un grito triunfal:
—¡Mirad, es la primera letra de las ocho que necesitamos! Lo que habíamos ido a buscar...
Todos convinieron en que así era sin duda, menos don Hilarión, que rezongó «¡mucha casualidad!, ¡demasiada casualidad!». Don Pantaleón guardó el papelito con cuidado en un cajón de su escritorio, y allí pusieron también el estuche metálico que les dio su misteriosa amiga del estadio, para evitar perderlo: más adelante, cuando tuviesen el resto de las letras, intentarían averiguar cómo se ajustaba el rompecabezas.
Pese a que a los tres aventureros el viaje les había parecido durar varias horas, don Pantaleón les aseguró que no estuvieron ausentes más de diez minutos. Como ocurre en los sueños, las peripecias que ellos vivieron como interminables se condensaron en pocos instantes. De modo que tras descansar un rato y zamparse con juvenil apetito bocadillos y refrescos, Fisco y Jaiko comenzaron a hablar de emprender otra expedición para buscar la segunda letra. Después del peligro que acababan de correr el asunto no les hacía demasiada gracia, pero no parecía haber otro camino. Tras algunas dudas y dilaciones, acabaron por declararse listos para la aventura. Sara, en cambio, se mostró más remisa:
—Oye, yo lo he pasado bastante mal y aún no me siento con fuerzas. Será mejor que esta vez vayáis vosotros solos.
Arno aprovechó inmediatamente la ocasión:
—¡Yo quiero ir, yo quiero ir! Así seremos otra vez tres., como antes.
Su hermana protestó. En el fondo, había dicho que estaba cansada esperando que los otros la declararan imprescindible: caramba, ¿acaso no se habían salvado precisamente gracias a ella? Le molestaba un poco que aceptasen su renuncia a acompañarles con tanta facilidad. Y para colmo, llevarse a Arno... Durante un rato discutieron entre todos el asunto. ¿No sería demasiado peligroso para un niño pequeño exponerse a semejante viaje? Don Pantaleón hizo una observación significativa:
—No sé qué deciros. La verdad es que temo que aquí también corramos peligro... quien sabe.
—Y siempre tres es mejor que dos, ¿no?
De modo que finalmente quedó acordado que la segunda expedición la formasen los tres varones. Cuando se dirigieron hacia la garita, Fisco comentó pensativo:
—Como la otra vez, lo que no sabemos es la letra que debemos encontrar.
Entonces Séneca revoloteó hasta un cartel de «El Pozo y el Péndulo» que había cerca de la entrada de la librería y picoteó la primera de las palabras, mientras recitaba con su voz discordante:
—¿Qué pone aquí, mamarracho?
¿No es «el», artículo macho?
Fíjate en la consonante,
no en lo que tiene delante.
—Vaya —dedujo don Pantaleón— si Séneca no se equivoca debéis en esta ocasión volver con una «L».
—Por mí parte, me conformo con volver —remató Jaiko, haciendo una mueca que le provocó a Sara una sonrisa pero también un estremecimiento. De pronto sintió la urgencia de advertirles mil recomendaciones:
—¡Tened mucho cuidado! ¡Ay, vosotros solos no sé si...! ¡Y cuidar bien de Arno! ¡ Como a mi hermano le pase algo más vale que no volváis por aquí, con laberinto o sin laberinto! Y tú, Amo, hazles caso. Vamos, algo de caso, quiero decir... —Luego añadió, todavía con un poquito de resentimiento—: A ver cómo os las arregláis sin mí...
Los chicos le hicieron bromas al despedirse, empezando ya a echarla de menos incluso antes de partir: «¡ Sí, mamá! ¡Me pondré la bufanda, mamá! ¡No te preocupes, mamuchi, que cruzaré siempre con el semáforo en rojo!»
Luego entraron los tres en el cubículo. Arno se colocó en medio de los dos mayores y tanto Fisco como Jaiko, sin previo acuerdo, le pusieron una mano en cada hombro. Antes de que don Pantaleón cerrase la puerta de cristal esmerilado, Sara les envió un beso mientras se le encogía terriblemente el corazón: comprendió que cuando uno quiere a los que van hacia el peligro es más angustioso quedarse esperándoles que partir con ellos. Pero no le dio tiempo a pensar mucho en ese asunto, porque enseguida comenzó a arremolinarse en torno a los viajeros el huracán púrpura que se los iba a llevar de nuevo lejos, muy lejos...
Cuando Fisco volvió a darse cuenta de lo que le rodeaba, oyó en primer lugar un fragor de cascos de caballo casi encima suyo. Estaba sentado sobre un suelo empedrado y el galope se le acercaba cada vez más. Resonó varias veces, rabioso, el chasquido de un látigo y una voz bronca gritó: «¡Aparta, aparta!» El chico, aún aturdido y asustado, gateó a toda velocidad hacia su derecha y se pegó cuanto pudo a la pared que encontró allí. Una traqueteante carroza adornada con dorados y azules, de la que tiraban dos briosos caballos, pasó a buena velocidad a su lado, rozándole casi, [unto a Fisco, adosado a la misma pared, se protegía un hombre gordo con una cesta cubierta que olía a pescado bajo el brazo. Al paso del carruaje, el voluminoso individuo barbotó una retahila de improperios: «¡Brutos, bestias arrogantes que no miran por dónde van, un día de éstos os enseñaremos...!»
Estaban en una calle no muy ancha, irregularmente pavimentada: por el centro de la calzada corría un arroyo de agua sucia. Había numerosos viandantes y gente asomada a las ventanas de las casas, en especial mujeres que hablaban a gritos entre sí. Cuando se alejó el carricoche, Fisco vio en la acera de enfrente a Jaiko y Arno refugiados en un portal y cruzó para reunirse con ellos. Cambiaron impresiones: ¿dónde habían ido a parar esta vez? Sin duda a alguna ciudad situada en el tiempo por lo menos dos siglos atrás y en el espacio... ¡vaya usted a saber! Sintieron el raro agobio de un espacio extraño al que se añadía un tiempo más extraño todavía. Y Fisco se preguntó si alguien alguna vez estuvo tan no-sé-dónde ni no-sé-cuándo como ellos ahora...
Echaron a andar calle arriba y Arno tuvo que dar de pronto un salto de costado para evitar el cubo de agua maloliente que arrojó por la ventana una mujer joven y bonita, muy arremangada. El chaval lanzó un grito indignado y la muchacha, muerta de risa, le sacó la lengua, antes de cerrar de nuevo la ventana.
—¡|o, qué gansa la tía!
Por lo visto los modales de por allí dejaban mucho que desear. Dos orondos caballeros con tricornio que venían charlando hacia ellos por la acera les obligaron a cederles el paso y a bajar a la calzada, amenazando con molerles a bastonazos.
—¡Mira como me he puesto de barro! —protestó Jaiko. Pero enseguida tuvo que acelerar para alejarse de allí, porque un perro que hurgaba en un montón de desperdicios empezó a gruñirle con especial malevolencia.
En la esquina había pegado un cartel con un largo texto impreso en letras apretadas, que atrajo la atención de Fisco. «No entiendo lo que dice, pero me parece que se trata de un bando municipal o algo así», explicó a sus amigos. El escrito venía encabezado por un rótulo en formato mayor: «Avis a la population.» Y abajo una firma y una fecha: «Le Parlement de París. 21 de junio de 1762.»
—O sea que estamos en París. ¡Y en el siglo XVIII!
Arno se mostró encantado:
—¡París! ¡Qué guay! Vamos a ver la torre Eiffel...
Los otros dos se echaron a reír y le aclararon que para conocer el famoso monumento tendría que esperar a mejor ocasión... y algo así como ciento cincuenta años.
Llegaron a una calle más ancha, que desembocaba en una plaza especialmente concurrida, sobre todo por gente joven. Algunos de los que circulaban por allí llevaban voluminosas carpetas y legajos de papeles bajo el brazo. Al pasar escucharon la charla que mantenían dos de ellos:
—¿Has leído ese librito que corre por ahí, titulado El ingenuo? Es tan atrevido que el autor no se decidió a firmarlo...
—Vamos, no me digas que no sabes quién lo ha escrito.
—Tengo mis sospechas...
—¡Es de Voltaire, hombre, del mismísimo señor de Voltaire! Está más claro que el agua clara... En cada página aparecen su gracia y su malicia. No hace falta que corra el riesgo de firmar.
A Amo las emociones le habían abierto el apetito y comunicó a sus amigos que no se opondría a la idea de tomar un tentempié. Vamos, todo lo contrario: quería comer mucho y pronto. Precisamente en ese momento pasaban junto a un establecimiento que parecía una especie de café. Exhibía su nombre en grandes letras doradas: Procope. A través del cristal de sus amplios ventanales se veía a numerosos caballeros bebiendo ceremoniosamente café y fumando en sus pipas, mientras charlaban con animación. Fisco se asomó cauteloso por la puerta, seguido de sus dos compañeros. Enseguida un mozo que servía en las mesas les cortó el paso:
—¿A dónde creéis que vais? ¡Venga, chicos, a la escuela! Aquí no se puede entrar sin dinero...
Lo del dinero, en efecto, era un serio impedimento. De modo que Fisco y los demás iniciaban ya la retirada, cuando desde una mesa una voz cordial vino en su ayuda:
—¡Déjales entrar, Gastón! Vienen a verme a mí y yo les invito.
—Lo que usted diga, señor Diderot —acató el mozo, cediéndoles el paso.
Su protector era un hombre cuarentón, bastante corpulento y de simpática sonrisa. Vestía de modo algo desastrado y su raída levita estaba decorada con lamparones y manchas de tinta. Se había quitado ía peluca, que tenía depositada a su lado, y se rascaba frecuentemente la cabeza en la que ya le quedaba poco pelo, mientras intentaba concentrarse en la partida de ajedrez que estaba jugando.
—Sentaros por aquí, muchachos ¿Os gusta el chocolate? A mí me encanta. ¡A ver, Gastón, trae tres tazas de chocolate y unos bollos para estos jóvenes! Tendréis que esperar un poco hasta que acabe esta partida. Creo que esta vez tengo arrinconado al señor d'Alembert.
Su contrincante, bajito y pulcro, sonrió discretamente.
—Permitidme dudarlo. Jaque, Diderot.
—Vaya, en fin, pues entonces... —llevó su mano hacia la reina, pero Fisco no pudo evitar corregirle: «No haga usted eso. Perderá el caballo. Me parece que lo mejor es avanzar el alfil...»
—¡Caramba, no me digas que sabes jugar al ajedrez! —se sorprendió Diderot—. Pero creo que todavía puedo enseñarte algunos trucos. Mira lo que consigo con mi reina...
La sonrisa de su adversario se hizo más amplia.
—Habrías hecho mejor escuchando a este muchacho, Denis. Ahora te como el caballo y es jaque mate.
—¡Caramba, esto no puede ser, ahora yo... entonces...! —después se echó a reír con franqueza—. Nada, que me has vuelto a ganar. La verdad es que el señor d'Alembert siempre consigue vencerme. Como es matemático domina muy bien el tablero. En cambio me parece que yo tengo demasiada imaginación para ser buen jugador de ajedrez.
—Si eso te sirve de consuelo... —comentó d'Alembert, levantándose—. Pues nada, hasta mañana a la misma hora. Buenas tardes.
Cuando el otro salió, Diderot recogió las fichas y se volvió hacia los tres chicos, que mojaban con entusiasmo sus bollos en los tazones de espeso chocolate. Amo ya tenía unos considerables bigotes marrones en torno a la boca...
—Parece que tenéis apetito, ¿eh? Claro que a vuestra edad pocas veces se está inapetente. Pero yo diría que no sois de aquí, ¿verdad? Vuestra ropa me desconcierta un tanto... ¡sobre todo, eso! —y señaló con admiración las muy usadas zapatillas deportivas que calzaban los muchachos—. Tenéis que decirme de dónde traéis semejantes borceguíes y quien los fabrica, para que lo mencione en la voz «calzado» de nuestra Enciclopedia. Aunque; ahora que lo pienso, el tomo de la «C» ya ha sido publicado, de modo que tendré que incluir esta noticia más adelante, en el apartado «zapatos»...
Había algo en el señor Diderot que despertaba confianza. A Fisco le recordaba un poco a don Pantaleón, con su sabiduría desmañada y generosa. De modo que se atrevió a decirle su secreto:
—Por extraño que le parezca, la verdad es que... venimos del futuro.
Diderot se asombró menos de lo esperable ante semejante confidencia.
—Bueno, lo cierto es que el futuro es la auténtica patria de todos los jóvenes, ¿no? En cualquier caso, amigos futuros, vosotros y yo tenemos algo en común, porq